REVELACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO. 4ª PARTE

REVELACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO. 4ª PARTE

El Espíritu Divino, según la Biblia, no es sólo luz que ilumina dando el conocimiento y suscitando la profecía, sino también fuerza que santifica. En efecto, el Espíritu de Dios comunica la santidad, porque él mismo es “Espíritu de Santidad” o “Santo Espíritu”. Se atribuye este apelativo al Espíritu Divino en el capítulo 63 del libro de Isaías cuando en el largo poema dedicado a exaltar los beneficios de Yahvéh y a deplorar los descarríos del pueblo a lo largo de la historia de Israel, el autor sagrado dice que “ellos se rebelaron y contristaron a su espíritu santo” (Is 63,10). Pero añade que después del castigo divino, “…se acordó de los días antiguos, de Moisés su siervo, para preguntarse: ¿Dónde está el que puso en él su Santo Espíritu?” (Is 63,11).

El ser humano recibe la santidad del Espíritu Divino

El libro de la Sabiduría afirma la incompatibilidad entre el Santo Espíritu y cualquier falta de sinceridad o de justicia: “Pues el Santo Espíritu que nos educa huye del engaño, se aleja de los pensamientos necios y se ve rechazado al sobrevenir la iniquidad” (Sab 1,5). Se expresa también una relación muy estrecha entre la sabiduría y el espíritu. Dicho espíritu es el mismo espíritu de Dios. Sin este ‘espíritu santo de Dios’ (Cfr. 9. 17) que Dios ‘envía de lo alto’, el hombre no puede discernir la santa voluntad de Dios (9, 13.17) y mucho menos, evidentemente, cumplirla fielmente.

En el Antiguo Testamento la exigencia de santidad está fuertemente vinculada a la dimensión cultual y sacerdotal de la vida de Israel. El culto se debe tributar en un lugar santo, lugar de la Morada de Dios tres veces santo (Is 6,1.4). La nube es el signo de la presencia del Señor (Ex 40,34-35; 1 Re 8,10-11); todo, en la tienda, en el templo, en el altar, en los sacerdotes, desde el primer consagrado Aarón (Ex 29, 1, ss.), debe responder a las exigencias del sacro que es como una aureola de respeto y de veneración creada en torno a personas, ritos y lugares privilegiados por una relación especial con Dios.

Algunos textos de la Biblia afirman la presencia de Dios en la tienda del desierto y en el templo de Jerusalén (Ex 25, 8; 40 34-35; 1 Re 8, 10-13; Ez 43,4-5). Sin embargo, en la narración misma de la dedicación del templo de Salomón se refiere una oración en la que el rey pone en duda esta pretensión diciendo: ‘”Es que verdaderamente habitará Dios con los hombres sobre la tierra? Si los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta Casa que yo te he construido! (1 Re 8, 27). En los Hechos de los Apóstoles, san Esteban expresa la misma convicción a propósito del templo: “El Altísimo no habita en casas hechas por mano de hombre” (Hech 7,48). La razón de ello la explica Jesús mismo en el coloquio con la Samaritana: “Dios es Espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y en verdad” (Jn 4, 24). Una casa material no puede recibir plenamente la acción santificadora del Espíritu Santo y por tanto no puede ser verdaderamente “morada de Dios”. La verdadera casa de Dios debe ser una casa Espiritual como dirá san Pedro, formada por piedra vivas, es decir, por hombres y mujeres santificados interiormente por el Espíritu de Dios (1 Pe 2,4.10; Ef 2, 21.22).

Infundiré en ustedes un Espíritu nuevo

Por ello. Dios prometió el don del Espíritu a los corazones, en la célebre profecía de Ezequiel, en la que dice: “Yo santificaré mi gran nombre profanado entre las naciones, profanado allí por vosotros… Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados: de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo… Infundiré mi Espíritu en vosotros…” (Ez 36.23-27). El resultado de este don estupendo es la santidad efectiva vivida con la adhesión sincera la santa voluntad de Dios. Gracias a la presencia íntima del Espíritu Santo, finalmente los corazones serán dóciles a Dios y la vida de los fieles será conforme a la ley del Señor.

Dios dice: “difundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas” (Ez 36. 27). El Espíritu santifica de esta forma toda la existencia del hombre.

No entristezcan al Espíritu 

Los hombres o pueblos que siguen el espíritu que está en conflicto con Dios, contristan al Espíritu Divino. Es una expresión de Isaías que hemos referido ya y que es oportuno citar de nuevo en su contexto. Se halla en la meditación del llamado Trito Isaías sobre la historia de Israel: “No fue un mensajero ni un ángel: él mismo en persona (Dios) los liberó. Por su amor y su compasión los liberó. Por su amor y su compasión él los rescató: los levantó y los llevó todos los días desde siempre. Mas ellos se rebelaron y contristaron a su Santo Espíritu”(Is 63,9-10). El profeta contrapone la generosidad del amor salvífico de Dios para con su pueblo y la ingratitud de éste.

En su descripción antropomórfica se conforma con la psicología humana la atribución al Espíritu de Dios de la tristeza producida por el abandono del pueblo. Pero según el lenguaje del profeta, se puede decir que el pecado del pueblo contrista el Espíritu de Dios porque este espíritu es Santo: el pecado ofende la santidad divina. La ofensa es más grave porque el Santo Espíritu de Dios no sólo ha sido colocado por Dios en su siervo Moisés (Is 63, 11), sino que lo ha dado como guía a su pueblo durante el éxodo de Egipto (Is 63,14), como signo y prenda de la salvación futura: “Mas ellos se rebelaron…”, (Is 63,10). También Pablo, heredero de esta concepción y de este lenguaje, recomendará a los cristianos de Éfeso: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención” (Ef 4, 30).

De la santidad externa a la santidad del corazón

La expresión “contristar al Espíritu Santo” demuestra bien que el pueblo del Antiguo Testamento ha pasado progresivamente de un concepto de santidad sacral, más bien externa, al deseo de una santidad interiorizada bajo la influencia del Espíritu de Dios. El uso más frecuente del apelativo “Santo Espíritu” es un indicio de esta evolución. Este apelativo inexistente en los libros más antiguos de la Biblia, se impone poco a poco precisamente porque sugería la función del Espíritu Santo para la santificación de los fieles. Los himnos de Qumran en varias ocasiones dan gracias a Dios por la purificación interior que él ha realizado por medio de su Espíritu Santo (por ejemplo, Himnos de la Ságruta de Qumran, 16,12;17,26) .

El cumplimiento de la promesa de Yahvéh proclamada por los profetas

A la luz del misterio pascual de Jesús, las palabras de los profetas Isaías, Ezequiel. Jeremías, Joel adquieren un sentido más fuerte, el de anunciar una verdadera resurrección de nuestros cuerpos mortales gracias a la acción del Espíritu de Dios. El Apóstol Pablo, expresa esta certeza de fe, diciendo:

 “Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8,11 ).

En efecto, la nueva creación tuvo su inicio gracias a la acción del Espíritu Santo en la muerte y resurrección de Cristo. En su Pasión, Jesús acogió plenamente la acción del Espíritu Santo en su ser humano (Hb 9,14), quien lo condujo, a través de la muerte, a una nueva vida (Rom 6,10) que El tiene poder de comunicar a todos los creyentes, transmitiéndoles este mismo Espíritu, primero de modo inicial en el bautismo, y luego plenamente en la resurrección final.

Jesús da cumplimiento a la promesa del Padre revelada por los profetas

La tarde de Pascua, Jesús resucitado, apareciéndose a los discípulos en el Cenáculo, renueva sobre ellos la misma acción que Dios Creador había realizado sobre Adán. Dios había “soplado” sobre el cuerpo del hombre para darle vida. Jesús “sopla” sobre los discípulos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo…” (Jn 20,22). El soplo humano de Jesús sirve así a la realización de una obra divina más maravillosa aún que la inicial. No se trata sólo de crear un hombre vivo, como en la primera creación, sino de introducir a los hombres en la vida divina.

El intenso deseo de los fieles no era ya sólo de ser liberados de los opresores, como en el tiempo de los Jueces, sino ante todo de poder servir al Señor “en santidad y justicia, delante de él todos nuestros días” (Lc 1,75). Por esto, era necesaria la acción santificadora del Espíritu Santo. A esta espera corresponde el mensaje evangélico. Debido a ello, San Pablo establece un paralelismo y una antítesis entre Adán y Cristo, entre la primera y la segunda creación. Cristo resucitado, nuevo Adán, está tan penetrado, en su humanidad, por el Espíritu Santo, que puede llamarse él mismo “Espíritu”. En efecto, su humanidad no tiene sólo la plenitud del Espíritu Santo por sí misma, sino también la capacidad de comunicar la vida del Espíritu a todos los hombres. “Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación” (2 Cor 5,17).

Se manifiesta así plenamente, en el misterio de Cristo muerto y resucitado, la acción creadora y renovadora del Espíritu de Dios, que la Iglesia invoca y san Juan Pablo II rezaba a diario diciendo:

“Veni, Creator Spiritus”  “Ven Espíritu Creador”.

Ven, Espíritu Creador,
visita las almas de tus fíeles
y llena de la divina gracia los corazones,
que Tú mismo creaste.

Tú eres nuestro Consolador,
don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego,
caridad y espiritual unción.

Tú derramas sobre nosotros los siete dones;
Tú, el dedo de la mano de Dios;
Tú, el prometido del Padre;
Tú, que pones en nuestros labios
los tesoros de tu palabra.

Enciende con tu luz nuestros sentidos;
infunde tu amor en nuestros corazones;
y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece nuestra débil carne,
aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz,
sé Tú mismo nuestro guía,
y puestos bajo tu dirección,
evitaremos todo lo nocivo.

Por Ti conozcamos al Padre,
y también al Hijo;
y que en Ti,
Espíritu de entreambos,
creamos en todo tiempo.,

Gloria a Dios Padre,
y al Hijo que resucitó,
y al Espíritu Consolador,
por los siglos infinitos.

Amén.

s. Juan Pablo II

Concluyamos estas enseñanzas de san Juan Pablo II, con el texto de san Pablo que expresa el término del camino recorrido en la revelación del Espíritu Santo en el  Antiguo Testamento, revelación que se hace explícita en el nuevo testamento:

“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. (Rom 5,5)

 

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