RESURRECCION DE LOS MUERTOS

RESURRECCION DE LOS MUERTOS

La resurrección inaugura para nosotros una era nueva y definitiva en un cosmos renovado. Supone, por consiguiente, una radical transformación a un estado nuevo y definitivo que designamos con el término de vida eterna. Una transformación del hombre entero, recreado por la acción vivificadora de ese Dios que ha resucitado a Jesús. Un ingreso en el más hondo y originario fundamento y sentido del mundo y del hombre, en el inefable secreto de nuestra realidad: un arribo de la muerte a la vida, de lo visible a lo invisible, de la oscuridad mortal a la luz eterna de Dios.

Pero esta radical transformación no es una ruptura con nuestra realidad actual. La resurrección no es una creación a partir de la nada, sino la transformación radical de un muerto al que Dios introduce en la vida eterna. Seré yo mismo el que resucite aunque no sea el mismo. La resurrección implica, pues, una continuidad de la persona, pero una transformación radical de su condición terrestre.

INTRODUCCION

Antes que nada, hemos de preguntamos si realmente tiene algún interés para el hombre de hoy interrogarse por lo que puede suceder después de la muerte. Por ello son validas estas preguntas:¿No seria mejor encauzar todas nuestras fuerzas a realizar lo mejor posible nuestra existencia en este mundo? ¿No deberíamos esforzarnos al máximo en llevar la vida que se nos ha dado ahora, lo más decente y humanamente posible y callamos respecto a todo lo demás? ¿No es mejor aceptar  en silencio el misterio de la vida, su oscuridad y sus enigmas, con paciencia, valentía y una confianza callada y serena y dejar el más allá como un misterio del que nada sabemos.

En realidad, estamos demasiado cogidos por el «más acá» para preocupamos del «más allá». Sometidos a un ritmo de vida que nos aturde y esclaviza, abrumados por una información asfixiante de datos y noticias, fascinados por mil atractivos objetos que el desarrollo técnico ha puesto en nuestras manos, sostenidos en nuestro vivir diario por un sin fin de pequeñas e inmediatas esperanzas, no parece que necesitemos un horizonte más amplio que «este mundo» en el que vivimos encerrados.

De hecho, y a pesar de algunos síntomas de signo contrario, el mensaje de una vida más allá de la muerte no parece lograr, por lo general, un interés o una credibilidad especial. Incluso se diría que verdades como la resurrección de los muertos que, según Hebreos 6, 1, tiene una importancia fundamental para los creyentes, apenas merece hoy la atención de muchos cristianos. Se trata, sin duda, de una de esas verdades de la revelación que «están en constante peligro de perder su existencialidad en la práctica de la vida cotidiana del hombre. Sin embargo, tarde o temprano, surge el interrogante. La muerte de un ser querido, el sufrimiento de una enfermedad inexorable, la amenaza de una vejez cada vez más cercana, la experiencia del fracaso o la soledad, el mismo aburrimiento de una vida rutinaria y sin problemas…. nos empujan a preguntamos de muchas maneras: La vida, ¿es sólo «esta vida»?

La muerte sigue siendo nuestro gran drama, la más drástica «anti-utopía» de todas nuestras aspiraciones, «el gran fallo del sistema». La realidad que destruye de raíz todos nuestros proyectos individuales y colectivos.El hombre contemporáneo, como el de todas las épocas, sabe que en el fondo de su corazón está latente siempre la pregunta más seria y difícil de responder. ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros?  ¿En qué van a terminar los esfuerzos, luchas y aspiraciones de tantas generaciones de hombres? ¿Cuál es el final que le espera a la historia dolorosa pero apasionante de la humanidad? Pero ¿podemos hablar con sentido del futuro que nos espera más allá de la muerte?

Podemos hablar ciertamente de la realidad actual que controlamos y verificamos. Podemos también hablar del futuro cuando ese futuro es una mera repetición o continuación del presente que conocemos y podemos observar. Pero, ¿qué se puede decir de un futuro totalmente nuevo que queda más allá de la muerte, fuera de todas nuestras posibilidades de observación y verificación? Nosotros no tenemos una experiencia inmediata de lo que sucede en el interior mismo de la muerte y menos aún de lo que nos espera más allá de nuestro morir. Las experiencias que se nos describen hoy de personas que han “vívido» la muerte no prueban nada a favor de una posible vida después de la muerte. Estas personas han experimentado unos procesos psico-físicos, inmediatamente anteriores a la muerte, pero no han traspasado el umbral mismo de la muerte. En realidad, nadie puede demostrar de manera puramente racional la existencia de la vida eterna ni podemos deducirla a partir de la experiencia de nuestra realidad mundana actual.

El único lenguaje que podemos emplear al hablar de nuestro futuro último es el lenguaje de la esperanza. Y la única manera de esperar, no de manera arbitraria e irracional, sino con una confianza responsable y del todo razonable es descubrir que ese futuro nuestro se ha iniciado ya de alguna manera y está actuando en nuestra propia existencia.

El presente trabajo tiene como objetivo clarificar qué es lo que los cristianos confesamos cuando decimos: «Esperamos en la resurrección de los muertos».

En primer lugar, tomaremos conciencia más clara de que esta esperanza de los cristianos se apoya en el acontecimiento de la Resurrección de Jesucristo.

En segundo lugar, trataremos de delimitar mejor el contenido de esa esperanza, definiendo cuál es la vida y la salvación final hacia la que se orienta nuestra fe.

Por último, reflexionaremos sobre el dinamismo que la fe en la resurrección de los muertos introduce ya en nuestra actual existencia y sobre algunas consecuencias que implica para nuestro vivir de hoy.

LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO FUNDAMENTO DE NUESTRA ESPERANZA

El  acontecimiento que constituye la garantía y la promesa de nuestra propia resurrección es la Resurrección de Jesús. Esta es la fe que anima a las primeras comunidades cristianas: Aquel que resucitó al Señor Jesús nos resucitará también a nosotros con él (2a Cor 4,14).

La fe en la resurrección en la tradición bíblica

Durante muchos siglos los israelitas han pensado que la muerte es el destino definitivo de los hombres. Generaciones de judíos creyentes han vivido apoyados en una fe inconmovible en «Yahveh», pero sin creer ni sospechar una resurrección de los muertos. No es éste el momento de describir el largo camino que ha recorrido el pueblo judío hasta llegar a la fe en la resurrección de esos muertos que habitan el «sheol». Solamente señalaremos los motivos principales que animan su búsqueda.

Yahveh es para Israel un Dios único, que no depende de nadie, Señor de la historia y de la creación entera. El es Señor de la vida y de la muerte. Yahveh da muerte y da vida, hace bajar al “sheol» y retornar ( 1a Sam 2,6). La experiencia humana de la muerte y de la vida no están sometidas a ningún otro poder sino a la Palabra de Yahveh. La vida como don y bendición de Dios y la muerte como castigo y maldición de Dios constituyen los dos ejes entre los que oscila el destino de una humanidad que Dios ha creado libre y responsable. Por otra parte, aparece en los salmos la experiencia de creyentes que viven con tal profundidad su comunión con Dios que no parece poder admitir una ruptura. No es que afirmen que Dios resucita a los muertos, pero su anhelo de amistad y comunión eterna con Dios les hace esperar que permanecerán para siempre ante Él o junto a Él.

Así canta el Salmo 16: No me entregarás a la muerte ni dejarás al que te es fiel conocer la fosa. Me enseñarás el sendero de la vida, me colmarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha (Sal 16, 10-11; Sal 49, 73 ). Por otra parte, Israel cree en la justa retribución de Yahveh a los hombres. Al comienzo y desde una visión colectiva del clan como responsable, se hablará de una retribución colectiva. Luego, a medida que se va descubriendo el valor del individuo y su responsabilidad en el propio destino, se dirá que Dios hace justicia a cada uno según sus obras a lo largo de su vida terrestre (Dt 24, 16; Jr 31, 29-30; Ez 18, 2-4), La literatura sapiencial trata de demostrar que es así, a pesar de las evidentes contradicciones que se pueden observar en la realidad.

Se comprenden las reacciones exasperadas del libro de Job y del Qohelet que protestan contra la doctrina tradicional, pues no siempre los justos reciben de Dios lo que merecen en esta vida. La fe de Israel, celosa de salvaguardar la justicia de su Dios, irá apuntando entonces hacia una retribución que se ha de dar después de la muerte. Pero será la gran persecución bajo Antíoco Epífanes (167-164 a.C.) la que pondrá en crisis la fe tradicional y empujará decisivamente a Israel a espera para sus mártires una vida más allá de la muerte.

¿Cómo va a abandonar Yahveh a sus hijos más fieles que, perseguidos injustamente, han muerto por su causa? Dios los vengará resucitándolos a una nueva vida y abandonando para siempre en la muerte a sus perseguidores (2a Mac 7). De manera global podemos decir que lo que unifica todos estos datos es «la incapacidad radical de Israel, como individuos y como pueblo, para alcanzar la vida prometida por Dios e intuida mediante la experiencia de fe, sin una intervención nueva y radical de ‘Yahveh.

El primer texto que habla explícitamente de la resurrección es con bastante probabilidad el Apocalipsis de Isaías 24-27 (s. 111 a.C.)  Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán, despertarán jubilosos los que habitan en el polvo. Porque tu rocío es rocío de luz y la tierra de las sombras los dará a luz (ls 26, 19). Pero los dos pasajes indiscutidos que nos hablan expresamente de la resurrección de los muertos son del tiempo de los Macabeos. Así, podemos leer en el libro de Daniel: Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua (Dn 12, 2). Por su parte, el relato del martirio de los siete hermanos macabeos nos ofrece una teología explícita y firme de esta misma resurrección (2 Mac cap 7).

Esta fe en la resurrección va a ir transformando el pensamiento tradicional de Israel. El «sheol» ya no será el país definitivo de la muerte, sino el lugar de espera donde los muertos aguardan el juicio y la resurrección final. En tiempos de Jesús estaba ya muy extendida la fe en la resurrección, aunque no es fácil describir las creencias del judaísmo en esta época, pues las concepciones de la vida futura no son uniformes, sino variadas y algunas veces incoherentes.

En los ambientes saduceos de línea tradicional se rechazaba la idea de una resurrección como una innovación intolerable y en desacuerdo con la Tora. En los ambientes fariseos y en la mentalidad popular se cree en la resurrección, aunque de manera muy variada y a veces confusa. Lo mismo observamos en la literatura apocalíptica donde todas las combinaciones y variaciones son posibles. A veces, se nos dice que todos resucitarán antes del juicio para recibir la salvación o la condenación. Otras veces, que resucitarán únicamente los justos para participar de la vida eterna. Se nos describe la resurrección como algo que sucederá en esta tierra, en esta tierra transformada en el paraíso. Será con un cuerpo restaurado, transformado, sin cuerpo….

La fe cristiana en la resurrección de los muertos

Pero la fe de las primeras comunidades cristianas no ha surgido como desarrollo o articulación de ninguna de estas especulaciones apocalípticas del judaísmo tardío. No es tampoco una certeza de orden metafísico que se deduce racionalmente de la antropología semita o de la concepción que podían tener aquellos hombres del universo y las leyes cósmicas.  Un cristiano no cree en la resurrección de los muertos como un griego podía creer en la inmortalidad del alma. No proviene tampoco de una especie de revelación que Jesús habría descubierto a sus discípulos sobre la suerte del hombre después de la muerte. Tampoco se trata de un optimismo sin fundamento alguno o de una rebelión irracional contra el destino brutal del hombre que parece acabar definitivamente en la muerte.

La fe cristiana en la resurrección se funda en la resurrección de Cristo de entre los muertos

Es una actitud de confianza y esperanza gozosa que ha nacido de la experiencia vivida por los primeros discípulos que han creído en la acción resucitadora de Dios que ha levantado al muerto Jesús a la Vida definitiva. El punto de partida de la fe cristiana es Jesús experimentado y reconocido como viviente después de su muerte. En esto concuerdan todos los testimonios de las primeras comunidades, por encima de divergencias y diferencias: El Crucificado vive para siempre junto a Dios como compromiso y esperanza para nosotros.

Los primeros creyentes nunca han considerado la resurrección de Jesús como un hecho aislado que sólo le afectara a Él, sino como un acontecimiento que nos concierne a nosotros, porque constituye la garantía de nuestra propia resurrección. Si Dios ha resucitado a Jesús, esto significa que no solamente es el Creador que pone en marcha la vida. Dios es un Padre, lleno de amor, capaz de superar el poder destructor de la muerte y dar vida a lo muerto. Si Dios ha resucitado a Jesús, esto significa que la resurrección que los judíos esperaban para el final de los tiempos ya se ha hecho realidad en Él.

Pero Jesús sólo es el primero que ha resucitado de entre los muertos. El primero que ha nacido a la vida.  El primogénito de entre los muertos (Col 1, 18). El que ha abierto el seno de la muerte y se nos ha anticipado a todos para alcanzar esa Vida definitiva que nos está reservada también a nosotros. Su resurrección no es sino la primera y decisiva fase de la resurrección de la humanidad. Porque Jesús no sólo resucita cronológicamente el primero. Dios lo resucita como  el iniciador de un nuevo mundo, las primicias de una cosecha que con él comienza ya a recogerse:

Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que duermen el sueño de la muerte. Porque habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego, los de Cristo en su venida (1 Cor 15, 20-23; cfr. 1 Ts 4, 14).

Uno de los nuestros, un hermano nuestro, Jesucristo, ha resucitado ya abriéndonos una salida a esta vida nuestra que termina fatalmente en la muerte. En él reviviremos también nosotros. Es su resurrección la que nos abre la posibilidad de alcanzar la nuestra. Si vivimos desde Cristo, un día resucitaremos con Él. Dios que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros por su fuerza (1a Cor 6, 14). Por eso, la meta de nuestra esperanza no es simplemente nuestra resurrección, sino la comunión con el Señor resucitado. Cuando los cristianos confesamos nuestra esperanza, vinculamos nuestro destino al de Cristo resucitado por el Padre. Él es para nosotros el último Adán, espíritu que da vida (1a Co 15, 45). En El alcanzará la humanidad su verdadera plenitud.

Si el Espíritu de aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos habita en ustedes, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos hara revivir también sus cuerpos mortales por medio de  el Espíritu que habita en ustedes (Rom 8, 11). La resurrección de Jesucristo es, por consiguiente, el fundamento, núcleo y eje de toda esperanza cristiana. Él es quien  tiene las llaves de la muerte (Ap 1, 18). Ciertamente, como decía  Pablo,  si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe (1a Cor 15, 17).

EL CONTENIDO DE NUESTRA FE EN LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

Pero ¿que significa en concreto, creer en la resurrección de los muertos? ¿Qué es lo que realmente esperamos cuando hablamos de nuestra resurrección? ¿Cuál ha sido la fe de los primeros creyentes? Naturalmente, la nueva vida después de la muerte resulta inaccesible a todo lenguaje que pretenda describirlo. Los primeros cristianos no hacen sino sugerirla por contraste y en oposición a nuestra condición actual. Sin embargo, su lenguaje es muy clarificador para captar mejor el contenido de nuestra esperanza.

 Vida más allá de la muerte

Una certeza anima la fe de todas las comunidades cristianas. Si Dios ha resucitado a Jesús, esto significa que Dios no abandonará nunca a los hombres, no permitirá su fracaso final. Dios está dispuesto a salvar al hombre, incluso por encima y más allá de la muerte.La muerte no tiene la última palabra. La Vida es mucho más que esta vida. La historia de los hombres no es algo enigmático, oscuro, sin meta ni salida alguna. No es un breve paréntesis entre dos vacíos silenciosos. En el resucitado se nos descubre ya el final, el horizonte de vida que da sentido a toda nuestra historia. Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha reengendrado a una esperanza viva (1a Pe 1, 3).

Esta esperanza en una «vida eterna» no es algo inútil y sin sentido. Y cuando se desvanece entre los hombres, el mundo no se enriquece, sino que queda vacío de sentido y pierde su verdadero horizonte. Si lo reducimos todo a las esperanzas internas de la historia, ¿qué clase de esperanza en el más acá puede haber aquí y ahora, para quienes sufren, para los débiles, los vencidos, los viejos. ¿Qué esperanza podremos tener nosotros mismos, que no tardaremos en formar parte del número de quienes no han visto cumplidos sus anhelos, esperanzas y aspiraciones? Pero hay que decir algo más.

La humanidad necesita una esperanza no sólo para las generaciones futuras, sino también para los que han muerto ya en el pasado, para todos aquellos que, a lo largo de los siglos, han sido vencidos, humillados, oprimidos, y hoy están ya olvidados. Si no hay otra vida, ¿cuándo podrá triunfar la víctima inocente sobre su verdugo?

Radical transformación en Cristo resucitado

Cuando los primeros cristianos confiesan su fe en la resurrección de los muertos, no piensan nunca en una prolongación indefinida de lo que ha sido la vida en la tierra. Se alejan así, decisivamente, de ciertas corrientes del judaísmo tardío. Nosotros no creemos en la reanimación de unos cadáveres que retornan a esta vida para continuar indefinidamente nuestra existencia actual.

El hombre resucita no a la vida biológica, sino a la vida eterna que ya no se ve amenazada por la muerte. La resurrección significa para nosotros la asunción en la realidad última de Dios, Origen y Meta última de nuestra existencia.

Como se decía al inicio:

La resurrección inaugura para nosotros una era nueva y definitiva en un cosmos renovado. Supone, por consiguiente, una radical transformación a un estado nuevo y definitivo que designamos con el término de vida eterna. Una transformación del hombre entero, recreado por la acción vivificadora de ese Dios que ha resucitado a Jesús. Un ingreso en el más hondo y originario fundamento y sentido del mundo y del hombre, en el inefable secreto de nuestra realidad: un arribo de la muerte a la vida, de lo visible a lo invisible, de la oscuridad mortal a la luz eterna de Dios.

Pero esta radical transformación no es una ruptura con nuestra realidad actual. La resurrección no es una creación a partir de la nada, sino la transformación radical de un muerto al que Dios introduce en la vida eterna. Seré yo mismo el que resucite aunque no sea el mismo. La resurrección implica, pues, una continuidad de la persona, pero una transformación radical de su condición terrestre.

¿Como es la continuidad de nuestro ser en la resurrección?

San Pablo utiliza una analogía muy sencilla para tratar de expresar su pensamiento. De la misma manera que Dios hace surgir una planta nueva de una semilla, así también puede hacer surgir un hombre nuevo a partir de aquél que ha caído en la muerte. Alguno preguntará: ¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Qué clase de cuerpo tendrán? Necio, lo que tú siembras no cobra vida si antes no muere. Y, además, ¿qué siembras? No siembras lo mismo que va a brotar después, siembras un simple grano de trigo, por ejemplo, o de alguna otra semilla.

Es Dios quien le da la forma que a él le parece, a cada semilla la suya propia (1a Cor 15, 35-38). Pero también nosotros tenemos derecho a preguntar como los corintios. ¿Es que vamos a resucitar con un cuerpo? ¿Con qué cuerpo? Antes que nada, hemos de entender correctamente el lenguaje de los primeros cristianos. San Pablo no puede ni imaginar una existencia sin cuerpo después de la muerte. Es que para él, como para todo semita, el cuerpo (soma) indica al hombre entero y no esa realidad física, biológica en la que nosotros habitualmente pensamos cuando empleamos ese término.

En la mentalidad semita, el cuerpo no es la parte material que tiene el hombre, como contrapuesta a su parte espiritual. No es, como en la concepción griega, la cárcel o el sepulcro donde queda encerrada el alma. El cuerpo es el hombre entero en cuanto que es un ser que se manifiesta, se relaciona y entra en comunión con Dios, con los hombres y con los demás seres. En realidad, para un hebreo, el hombre no «tiene cuerpo» sino que «es» cuerpo, es decir, comunión, apertura, relación. Supuesto esto, ¿cómo conciben los primeros cristianos nuestra resurrección? Antes que nada afirman que nuestra condición futura será la que corresponde al modo de existencia de Cristo resucitado. Seremos configurados y conformados con el cuerpo de su gloria.

Esta es la esperanza de San Pablo: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará nuestro cuerpo de miseria en un cuerpo de gloria como el suyo, con esa energía que le permite incluso someterse todas las cosas (Flp 3, 20-21).

La resurrección significa que Dios lleva a su plenitud esa vida que ha empezado ya a crear en nosotros por medio de Cristo resucitado. Incluso, podemos decir, que la resurrección no es otra cosa sino «Jesucristo mismo, en cuanto que penetra en la vida individual de los hombres y se convierte en la fuerza de una vida nueva que llega a su plenitud por el acto creador de Dios en la resurrección de los muertos. Pero, ¿no podemos decir nada más de nuestra condición futura de vida plena en Cristo resucitado? San Pablo se limita a expresarse en un lenguaje de contraste con nuestra actual condición:

Así pasa con la resurrección de los muertos: se siembra lo corruptible, resucita incorruptible; se siembra lo miserable, resucita glorioso; se siembra lo débil, resucita fuerte; se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual (1a Cor 15, 42-44). Habla de nuestra transformación futura en la resurrección trazando una oposición entre nuestra condición actual y la que viviremos una vez resucitados en Cristo. Nuestra condición actual está marcada por la corrupción, es decir, por un proceso de destrucción y deterioro que va arruinando nuestra vida y alienando nuestra existencia.

Somos mortales no porque al término de nuestra vida biológica hay un final, sino porque constantemente nuestra vida se va vaciando desde dentro, se va desgastando y va «muriendo». La incorruptibilidad de los resucitados significa la plenitud de la vida, la eliminación de la muerte en todas sus formas, la libertad plenamente realizada. Cuando esto corruptible sea vestido de incorruptibilidad y esto mortal sea vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: Se aniquiló la muerte para siempre (1a Cor  15, 54-55).

Actualmente, vivimos en una condición de miseria, rota la relación viva de comunión que nos podía unir con Dios. Pero, resucitados, viviremos con un «cuerpo de gloria», es decir, vivificados por la fuerza creadora de Dios, transfigurados por su gloria, en total comunión, apertura y comunicación con Él. Los sufrimientos del tiempo presente son cosa de nada comparados con la gloria que va a revelarse reflejada en nosotros (Rom 8, 18). Por eso, los creyentes se sienten seguros en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios (Rom 5, 2).

Apartados de Dios, nuestra situación actual es de fragilidad, debilidad e impotencia. Resucitados, será la misma fuerza de Dios que transformará todo nuestro ser. Los cristianos esperan ser resucitados después de la muerte por esa fuerza poderosa que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos (Ef 1, 19-20). Actualmente, nuestro cuerpo es «síquico».

Para San Pablo, el hombre «síquico» es el hombre dejado a sí mismo, a sus propios recursos, cerrado a Dios. Pero los resucitados tendrán un «cuerpo espiritual», es decir, una personalidad vivificada por el Espíritu mismo de Dios, transformada y penetrada por el Aliento vital del Creador.

El resucitado es un hombre determinado totalmente por el Espíritu de Dios. Es alguien que se halla definitivamente en la dimensión de Dios, que se ha adentrado totalmente  en el señorío de Dios. En resumen, lo que Pablo quiere expresar es que el resucitado es un hombre lleno de la realidad divina, alguien  en quien la vida de Jesús se ha manifestado (2a Cor 4, 10).

Salvación integral

Según nuestra fe, el hombre no alcanza su realización plena como un «yo» espiritual ajeno al mundo y a la historia, sino que, por el contrario, regresa a Dios como hombre entero, incluso con su corporalidad y, por lo tanto, con su mundo, su historia y su vida entera. La resurrección del cuerpo arrastra consigo la del mundo y la de la historia en la que el hombre está inserto gracias a su corporalidad.

Creemos en la resurrección de la persona total y concreta, que ha llegado a ser lo que es por su relación con el mundo y su actuación corpórea en la historia mundana. No esperamos un futuro para almas que emigran de este mundo, sino para personas en las que están inscritas y conservadas las huellas de nuestra historia y nuestro mundo.

Es el hombre entero y, por tanto, su mundo concreto y su historia, los que recibirán de Dios un nuevo futuro. Por consiguiente, este mundo no es para nosotros un lugar material perecedero cuyo único objetivo es producir espíritus puros para el otro mundo. En realidad, los cristianos no deberíamos hablar de otro mundo, de otra vida, sino de este mundo y de esta vida nuestra que serán transformados y serán «otros» por la acción resucitadora de Dios inaugurada en Jesucristo.

Resurrección del cuerpo significa que, para Dios, nada de todo ello ha sido en vano, porque Él ama al hombre. Él ha recogido todas las lágrimas, y ni la más mínima sonrisa le ha pasado inadvertida. Resurrección del cuerpo significa que el hombre no recupera en Dios únicamente su último momento, sino toda su historia.

Por todo ello, para los cristianos esa vida futura después de la muerte sólo puede llevar un nombre que no es el de inmortalidad o reencarnación, sino el de resurrección.

¿Cuándo resucitaremos?

Son muchas las preguntas que nos podemos hacer en tomo a esta resurrección. ¿Cuándo sucederá? ¿Hemos de esperar hasta «el final de los tiempos» o podemos esperar una resurrección inmediata en el momento en que morimos cada uno? ¿Qué pensar de ese «estado intermedio» entre la muerte y la resurrección final? ¿Cómo imaginar la situación del hombre durante esa larga espera?

San Pablo mantiene firme su esperanza en Cristo,  pero  su  pensamiento permanece indeciso al hablarnos de ese estado intermedio entre la muerte individual de cada uno y la resurrección final. Ciertamente, nuestra transformación gloriosa tendrá lugar cuando venga el Señor. Entonces seremos «revestidos» de su gloria (Flp 3, 20-21). Pablo preferiría llegar a ese momento vivo, es decir, «vestido» con su cuerpo. Pero ve cada vez con más claridad la probabilidad de morir antes de la venida del Señor. Lo único que nos afirma de este estado intermedio entre la muerte y la resurrección final es lo que sigue. El hombre está «desnudo», es decir, sin cuerpo. Pero «vive con el Señor» (2a Cor 5, 8), está con el Señor. Este «vivir con el Señor», sin el cuerpo, es más deseable que vivir en la tierra con cuerpo pero lejos del Señor. Pablo lo prefiere. «Mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor…. y  preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor» (2a Cor 5, 6-8).

La convicción que parece subyacer en todo su planteamiento es que el creyente está tan unido al Señor desde esta vida, que la muerte no puede interrumpir esa comunión, sino que prosigue y se hace más real, aun sin alcanzar todavía la plenitud final de la resurrección. San Pablo no sabe probablemente explicar cómo es que el muerto puede vivir con el Señor sin que haya sucedido todavía la resurrección final. Pero su fe es firme y clara:

Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos, ya muramos, del Señor somos (Rom 14, 8). No duda de su fe: Estoy plenamente seguro, ahora como siempre, de que Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, pues, para mí, la vida es Cristo y, morir, una ganancia (Flp 1,20-21).

¿Qué podemos decir nosotros? En primer lugar, la muerte no nos podrá separar de Cristo que es «Señor de vivos y muertos» (Rom 14,9). El hombre sigue viviendo en el Señor antes de la resurrección final. Pero esta «vida-en el Señor» no es todavía la resurrección gloriosa del fin cuando irrumpa en plenitud el poder de Dios sobre el mundo. No es fácil explicar ese -estado intermedio».

La resurrección en la muerte

HOY son bastantes los que, abandonando la doctrina de un alma inmortal, hablan de una  resurrección que acontece en la muerte misma del individuo. Según esto, al morir, el hombre sale del tiempo y penetra ya en la eternidad. Pero en ese mundo eterno de Dios ya no existe nuestro espacio ni nuestro tiempo.

Por eso, el muerto deja tras de sí el tiempo histórico y penetra en el final del mundo. Ya no existe estado intermedio. Los hombres van muriendo en distintos momentos de la historia, pero todos van encontrando a Dios en el único y eterno  punto de la «vida eterna».

Con fecha de 17 de mayo de 1979, la Congregación de la Fe publicaba una «Carta referente a algunas cuestiones de escatología». En ella se dice que «la Iglesia afirma la continuidad y la existencia autónoma del elemento espiritual en el hombre tras la muerte». Y, sin pretender limitar la investigación teológica, afirma que no hay fundamentos sólidos para prescindir del término «alma», sino que, por el contrario, ve en él «un instrumento verbalmente necesario para asegurar la fe de la Iglesia».

Lo que sí debemos decir es que no se trata de «canonizar» una determinada metafísica ni una teoría del «alma separada» . Se trata más bien de afirmar la continuidad de nuestro «yo» más allá de la muerte, cuando ya no posee un cerebro como sustrato fisiológico e instrumento de actuación. No es propiamente «un alma separada», sino un «yo» que ha «interiorizado» la materia a lo largo de la vida y ha llegado a ser lo que es por su actuación a través de la  corporalidad. Tampoco se trata de la parte indestructible del hombre que por su misma esencia exige pervivencia, sino del yo del hombre que recibe la vida de quien es el Amor.

Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8, 11; Gal 6, 7-8).

Fe radical en el Dios de Jesucristo

La fe en la resurrección  implica una radicalización de nuestra fe en el Dios que ha resucitado a Jesucristo. Nosotros creemos que Dios no es sólo el Creador de la vida que, en los orígenes, llama de la nada al ser, sino el Resucitador que, al final, es capaz de llamar de la muerte a la vida. Él está al comienzo y al final de la vida. Es Alfa y Omega. Nosotros «no ponemos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos» (2a Cor 1, 9).

Creemos que más allá de la muerte, más allá de los límites de todo lo que en esta vida experimentamos, Dios tiene la última palabra. Palabra que crea una vida que ni la misma muerte puede detener, pues es vida que procede del amor infinito de Dios y, por tanto, más fuerte incluso que la muerte.

Quien ha creído en la resurrección comienza a creer en Dios de manera nueva, como un «Dios de vivos», como un Padre «apasionado por la vida» y, en consecuencia, comienza a amar la vida de manera radicalmente nueva, con un amor total: amor a la vida antes de la muerte y amor a la vida después de la muerte. Vive creciendo como ser libre de toda servidumbre, esclavitud o alienación que nos esteriliza y mata. Pero, al mismo tiempo, quien cree en la resurrección afirma la vida eterna, la ama y la busca frente a una absolutización de la vida vivida aquí y ahora.

Somos peregrinos que arrastramos esta tierra hacia su plenitud.  La esperanza en la resurrección consiste precisamente en buscar y esperar la plenitud y realización total de esta tierra.

Conclusión

Terminamos con unas palabras de R  Alves que pueden ser interpeladoras para todo hombre que busca honradamente un sentido último al misterio del hombre: ¿Qué es la esperanza? «Es el presentimiento de que la imaginación es más real y la realidad menos real de lo que parece. Es la sensación de que la última palabra no es para la brutal¡dad de los hechos que oprimen y reprimen.

Es la sospecha de que la realidad es mucho más compleja de lo que nos quiere hacer creer el realismo, que las fronteras de lo posible no están determinadas por los límites del presente y que, de un modo milagroso e inesperado, la vida está preparando un evento creativo que abrirá el camino hacía la libertad y hacia la resurrección.

Dios nos ha aceptado  tan profundamente, y nos ama tan entrañablemente que nos quiere encontrar por toda la eternidad en su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador.

Para los cristianos, este presentimiento y esta sospecha  se hace fe firme y esperanzada en el encuentro con el Resucitado.

 

JOSÉ A. PAGOLA ELORZA
Cátedra de Teología Contemporánea
Colegio Mayor CHAMINADE Madrid 1983. Págs. 9-66

Extracto del Editor

 

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