PENTECOSTES FIESTA DE LA IGLESIA

PENTECOSTES FIESTA DE LA IGLESIA

¿HACIA DONDE NOS CONDUCE PENTECOSTES?

La forma inicial y el impulso para su misión

En el día en que se celebra Pentecostés, contemplamos y revivimos en la liturgia la efusión del Espíritu Santo que Cristo resucitado derramó sobre la Iglesia, un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo de Jerusalén para difundirse por todo el mundo.

Estruendo y lenguas de fuego son signos claros y concretos que tocan a los Apóstoles, no sólo exteriormente, sino también en su interior: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, «se llenaron todos de Espíritu Santo». Asistimos, entonces, a una situación totalmente sorprendente: una multitud se congrega y queda admirada porque cada uno oye hablar a los Apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo, que nunca había sucedido: «Los oímos hablar en nuestra lengua nativa». ¿Y de qué hablaban? «De las grandezas de Dios».

El misterio de la solemnidad de Pentecostés constituye el bautismo de la Iglesia; es un acontecimiento que le dio el impulso para su misión siempre actual.

Pentecostés es la fiesta de la unión, comprensión y comunión humana.

Todos podemos constatar cómo en nuestro mundo,  la comprensión y la comunión entre las personas a menudo es superficial y difícil, aunque estemos cada vez más cercanos los unos a los otros, gracias al desarrollo de los medios de comunicación, y a las distancias geográficas que parecen desaparecer.

La torre de Babel

La narración de Pentecostés contiene en el fondo uno de los grandes cuadros que encontramos al inicio del Antiguo Testamento: la antigua historia de la construcción de la torre de Babel (Gn 11, 1-9). Pero, ¿qué es Babel? Es la descripción de un reino en el que los hombres alcanzaron tanto poder que pensaron que ya no necesitaban hacer referencia a un Dios lejano, y que eran tan fuertes que podían construir por sí mismos un camino que llevara al cielo para abrir sus puertas y ocupar el lugar de Dios.

Mientras intentaban ser como Dios, corrían el peligro de ya no ser ni siquiera hombres, porque habían perdido un elemento fundamental de las personas humanas: la capacidad de ponerse de acuerdo, de entenderse y de actuar juntos.

El mensaje de este relato

Este relato bíblico contiene una verdad perenne; lo podemos ver a lo largo de la historia, y también en nuestro mundo. Con el progreso de la ciencia y de la técnica hemos alcanzado el poder de dominar las fuerzas de la naturaleza, de fabricar seres vivos, llegando casi al ser humano mismo. Pero no caemos en la cuenta de que estamos reviviendo la misma experiencia de Babel, con ausencia de Dios.

Solo con la ayuda del Espíritu Santo

¿Volvemos, por tanto, a la pregunta inicial: ¿puede haber verdaderamente unidad, concordia? Y ¿cómo?

Encontramos la respuesta en la Sagrada Escritura: sólo puede existir la unidad con el don del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y una lengua nueva, una capacidad nueva de comunicar. Esto es lo que sucedió en Pentecostés, época donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión.

Actuar como cristiano

Jesús, hablando del Espíritu Santo, nos explica qué es la Iglesia y cómo debe vivir para ser lo que debe ser, para ser el lugar de la unidad y de la comunión en la Verdad; nos dice que actuar como cristianos significa no estar encerrados en el propio «yo», sino orientarse hacia el todo; significa acoger en nosotros mismos a toda la Iglesia o, mejor dicho, dejar interiormente que ella nos acoja.

Entonces, donde los hombres quieren ocupar el lugar de Dios, sólo pueden ponerse los unos contra los otros. Por el contrario, si yo hablo, pienso y actúo como cristiano, no lo hago encerrándome en mi yo, sino que lo hago siempre en el todo y a partir del todo: así el Espíritu Santo, Espíritu de unidad y de verdad, puede seguir resonando en el corazón y en la mente de los hombres, impulsándolos a encontrarse y a aceptarse mutuamente. Debemos vivir según el Espíritu de unidad y de verdad, y por esto debemos pedir al Espíritu que nos ilumine y nos guíe a vencer la fascinación de seguir nuestras verdades.

Tenemos miedo de dejarnos conducir

La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a El con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos.

Sin embargo, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad – Dios ofrece siempre novedad -, trasforma y pide confianza total en Él: Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa.

El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga a las periferias existenciales hasta el día de hoy.

Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado dado  a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús nos dice: “Yo le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros” (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el Consolador, que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo.

El día de Pentecostés, cuando los discípulos «se llenaron de Espíritu Santo», fue el bautismo de la Iglesia, que nace «en salida», en «partida» para anunciar a todos la Buena Noticia. Sin Él no hay misión, no hay evangelización. Por ello, con toda la Iglesia, con nuestra Madre Iglesia católica invocamos: ¡Ven, Espíritu Santo! Es la clave para entender la muerte y resurrección de Jesús.

La Palabra de Dios, hoy de modo especial, nos dice que el Espíritu actúa, en las personas y en las comunidades que están colmadas de él, las hace capaces de recibir a Dios.  Y ¿Qué es lo que hace el Espíritu Santo mediante esta nueva capacidad que nos da? Guía hasta la verdad plena (Jn 16, 13), renueva la tierra (Sal 103) y da sus frutos (Ga 5, 22-23). Guía, renueva y fructifica.

El Espíritu  hace comprender la expresión extrema del amor de Dios

A los Apóstoles, incapaces de soportar el escándalo de la pasión de su Maestro, el Espíritu les dará una nueva clave de lectura para introducirles en la verdad y en la belleza del evento de la salvación, esto es: que la muerte de Jesús no es su derrota, sino la expresión extrema del amor de Dios. Amor que en la Resurrección vence a la muerte y exalta a Jesús como el Viviente, el Señor, el Redentor del hombre, el Señor de la historia y del mundo.

Entonces sí, renovados por el Espíritu, podemos vivir la libertad de los hijos de Dios en armonía con toda la creación y en cada criatura podemos reconocer un reflejo de la gloria del Creador.

Los que son hijos de Dios

Reforzados por el Espíritu Santo llegamos a ser capaces de luchar, sin concesión alguna, contra el pecado; contra la corrupción que, día tras día, se extiende cada vez más en el mundo  y para que podamos vivir con fe genuina y caridad operante, difundiendo la semilla de la reconciliación y de la paz.

El apóstol Pablo, escribiendo a los cristianos de Roma, dice: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. He aquí la relación reestablecida: la paternidad de Dios se reaviva en nosotros a través de la obra redentora de Cristo y del don del Espíritu Santo y por lo tanto, toda la obra de la salvación es una obra que regenera y nos hace experimentar verdadera y realmente la vida eterna, que florece después de la muerte.

Del inmenso don de amor, como la muerte de Jesús en la cruz, ha brotado para toda la humanidad la efusión del Espíritu Santo, como una inmensa cascada de gracia. Quien se sumerge con fe en este misterio de regeneración renace a la plenitud de la vida filial.

Somos de Cristo

Como afirma también san Pablo, el Espíritu hace que nosotros pertenezcamos a Cristo: «El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo» (Rm 8,9). Y esto hace que todo cambie. Podemos mirarnos como hermanos, y nuestras diferencias harán que se multiplique la alegría y la admiración de pertenecer a esta única paternidad y fraternidad.

Extractos de homilías del papa Francisco sobre Pentecostés años 2012-2016

De  estas reflexiones podemos concluir que:

Si somos de Cristo, somos hijos de Dios, verdad a la que nos lleva el Espíritu Santo al dejarnos conducir por EL y viviendo permanentemente un nuevo Pentecostés.

 

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