NUESTRO PADRE MISERICORDIOSO

NUESTRO PADRE MISERICORDIOSO

Les hablo de Dios Padre, Padre de Jesucristo y de todos nosotros. Puede parecer un tema obvio para un cristiano, bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu santo, habituado desde niño a comenzar la señal de la cruz “en el nombre del Padre”. Sin embargo por los sondeos hechos he percibido una cierta resistencia a evocar el nombre del “padre” para hablar de Dios. Otros se han preguntado: ¿por qué no hablar de Dios usando el término de “madre”, al menos en la misma medida respecto a aquel de “padre”? Este cúmulo de sentimientos diversos y contradictorios en torno a la figura paterna me ha convencido que no se trata de un tema fácil. ¿Quién tendrá el coraje de seguirme?

Introducción

Un hombre tenía dos hijos… Cuando estaba todavía lejos su padre lo vio…estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado (Lc 15,11-32). Reflexionando sobre esto me doy cuenta que nunca fue obvio, ni siquiera en el pasado, aceptar sin problemas la figura paterna. Ya nos lo decía Jesús en esta parábola: ninguno de los dos ha sido capaz de vivir en verdad su relación con el padre. Los dos de alguna manera lo han rechazado. Fue necesario un largo camino para encontrar de verdad al padre de parte del hijo más joven, mientras que del primero no sabemos todavía hoy, si este camino lo habrá recorrido. Pero lo claro de la parábola es que Dios es de verdad padre (y madre) de todos; que para todos es difícil reconocerlo como tal; y que sin embargo nadie descubre su propia identidad sin volver al Padre.

El tema se divide en tres aspectos:

VAMOS HACIA EL PADRE

ESCUCHEMOS LA REVELACIÓN DEL PADRE

ENCONTREMONOS EN EL PADRE DE TODOS

¿Qué espero de esta carta? Que al final se llegue a decir “Padre” un poco como lo decía Jesús, con las palabras y los gestos de una fraternidad redescubierta ante el único Padre. Veo dos categorías posibles de peregrinos desganados en este camino hacia el Padre: algunos creyentes que dicen: “Yo ya sé bien quién es mi Padre que está en los cielos y esta carta no me dirá nada nuevo”; y algunos no creyentes que piensan: “son las cosas habituales y no me interesan”. En realidad, existe en nosotros algo del primer y del segundo hijo de la parábola: creemos conocer al Padre pero en realidad no lo conocemos si no muy a la distancia. Por lo tanto, hay un descubrimiento que hacer.

I VAMOS HACIA EL PADRE

1. Los caminos de la inquietud personal: Me levantaré e iré a mi Padre (Lc 15,18)

Existen muchos modos de rechazar al Padre y el camino hacia él. El más común (y el más escondido en el inconsciente) es el de rechazar la muerte. Y sin embargo todos, sin distinción, estamos caminando en un viaje breve o largo, que inexorablemente nos llevará hacia ella. Es, cuando el menor de la parábola, que ha querido irse de casa, se encuentra tocando fondo y entonces recuerda que existe una casa del padre, donde aún los siervos tienen vida, dignidad y pan en abundancia.

El rechazo del padre de no pocos de nuestros contemporáneos nos debe hacer precavidos ante un uso demasiado fácil de la imagen paterna (y en cierta medida de la materna) para hablar de Dios. Cuando hablamos de “un retorno al Padre” no queremos entender una suerte de regresión a la dependencia infantil, ni mucho menos despertar conflictos profundos que han marcado algunas personalidades.

2. Los inquietos caminos de una época: el secularismo y la sociedad sin padres.

El fin de la “sociedad sin padres” no equivale a un retorno a la figura del padre: antes bien, el relativismo, que se difunde como consecuencia del abandono de las certeza ideológicas, parece hacer a los hombres todavía más encerrados en sí mismos y más solos. La indiferencia a los valores, la razón iluminista hace que el padre no es más la figura de un adversario a combatir o de un déspota del cual liberarse, sino es una figura carente de todo interés o atracción.

Ignorar al padre es en el fondo más trágico que combatirlo para emanciparse de él o más, Dios se convierte en un “adorno”, una figura que se concilia con la debilidad ética y con la condición de la continua caída en el no sentido: es un Dios sin fuerza, espejo de un hombre decadente y renunciatario. Se convive con El como con uno de los tantos fetiches de la existencia, sin dejarse para nada identificar o transformar por El: es la caracterización que la parábola de la misericordia del Padre (Lc 15,11-32) expresa a través de la figura del hijo mayor, aquel que quedó en la casa y que, después de tantos años de convivencia con él, es incapaz de comprender la lógica del amor y del perdón. Prisionero de su soledad y esclavo de su intereses (¡”no me has dado ni un cabrito!” Lc 15,29), el hijo mayor no está menos lejos del padre que el hijo que se fue de casa: la vecindad física no es la vecindad del corazón. Se puede habitar en la casa del padre e ignorarlo con los hechos. Se puede volver a hablar de Dios, pero no encontrarlo y no tener ninguna experiencia profunda y vivificante de El.

Pero quisiera que quien esté leyendo esto diese un paso más allá. Que entrase en sí mismo y releyese las coordinadas que hemos reclamado como parte de su vivencia y no sólo como parte de la historia y de la cultura de los últimos tres siglos. Nos lo está pidiendo la parábola de los dos hijos de Lc 15: entrar en los personajes diciéndonos a nosotros mismos: ¡”Tú eres ese hombre”! (ver 2 Sam 12,7).

Quien sabe discernir la voz del Espíritu está llamado a ayudar a los otros a percibir esta misma voz, porque todavía hoy sigue gritando en el corazón de cada uno: las palabras verdaderas que el Espíritu de Jesús grita: “Abba, Padre”

3. La vida como un peregrinar hacia el Padre.

¿Cómo facilitar la percepción del Espíritu? ¿Cómo redescubrir el rostro del Padre, como rostro verdadero y atrayente? El doble análisis que he bosquejado, aquél que de la angustia de la existencia singular se mueve hacia el Padre-Madre en el amor y aquél que lee el acontecimiento del secularismo como rechazo a la figura del padre y caída en la indiferencia, muestra la inevitabilidad de la elección. Allí donde la persona acepta buscar y abrirse a un horizonte más grande, la figura de un Padre nos sale al encuentro y nos llama.  Estamos por lo tanto invitados a mirar la vida y la historia como un peregrinar hacia el Padre: no se vive para la muerte, sino para la vida. Es necesario volver al Padre que nos hace libres y nos llama a la libertad. Se piense, por ejemplo, cuantas veces en la sociedad de hoy el “padre misericordioso” es confundido con el padre permisivo, que no sabe enseñar a sus hijos a llevar las contrariedades de la vida

“Me levantaré e iré a mi Padre”: es sobre esta decisión de hacernos peregrinos y de ir al encuentro del abrazo del “Otro” que te recibe, donde se juega el camino de liberación de nuestra vida y la superación de la crisis del secularismo. Levantarse, ir hacia quiere decir no dejarse atrapar por la nostalgia de un pasado existente sólo en nuestra mente, ni por la seducción de un presente donde permanecer anclados en nuestras pequeñas seguridades o en el lamento de nuestros fracasos. Ir hacia quiere decir aceptar estar siempre en búsqueda, a la escucha del Otro, dispuestos ir hacia el encuentro que nos sorprende y cambia, deseosos finalmente de “obedecer” de modo adulto. Ir hacia quiere decir recomenzar a vivir de esperanzas, en la esperanza. Caminamos entonces hacia el Padre para escuchar la Palabra en la cual El mismo nos ha revelado.

II ESCUCHEMOS LA REVELACION DEL PADRE

4. El Padre de Israel

La parábola del retorno del Hijo de Lucas 15 nos presenta un rostro de Dios que está en profunda continuidad con el Dios de la fe de Israel. El motivo del “retorno” es aquel que subyace en la palabra hebrea shuv, que expresa justamente la “conversión”, el cambio del corazón y de la vida, con la imagen de “volver”, rehacer al revés un camino equivocado. El padre de la parábola recoge en sí las características más originales del Dios de la fe hebrea: es humilde, porque respeta las decisiones del hijo aún a costa del propio dolor. El Dios de Israel ama tanto a su pueblo y respeta sus elecciones hasta achicarse para dar espacio a la libertad de su criatura amada.

Releyendo la parábola parece casi releer entre líneas que el retorno del hijo es de algún modo “necesario” para que el padre sea tal. ¿Cómo podría vivir sin el hijo, él que pasa todo el día oteando el horizonte para estar pronto a salir al encuentro de aquel que vuelve (Lc 15,20)? De todos modos el amor de Dios es para nosotros tan grande que él ha escogido no ser más él mismo sino con nosotros: el nombre que Dios se ha atribuido es siempre “Dios-con-nosotros” (Mt 1,23; Ap 21,3.)

JUAN PABLO II escribe en su Encíclica Dives in misericordia: “El Antiguo Testamento proclama la misericordia del Señor mediante muchos términos con significados muy afines. Y en la nota añade: “De tal modo heredamos del AT, -casi en una síntesis especial-, no sólo la riqueza de las expresiones usadas por aquellos Libros para definir la misericordia divina, sino también una específica, obviamente antropomórfica “psicología” de Dios: la trepidante imagen de su amor, que al contacto con el mal y, en particular, con el pecado del hombre y del pueblo, se manifiesta como misericordia”.

¿Qué nos dice todo esto? Ante todo, para nosotros los cristianos el primer espejo en donde aprender a leer el verdadero rostro del Padre es la Biblia de los hebreos, ésa que nuestra Iglesia ha recibido con humildad y gratitud como su primer libro sagrado. Rezando y meditando con la Biblia caminaremos hacia el Padre de todos. En segundo lugar nos dice que debemos sentir un inmenso dolor por las tragedias históricas que se han abatido sobre el pueblo hebreo, tan amado por el Padre, hasta el intento de su destrucción total (la Shoah) en la última guerra mundial y confesar humildemente nuestra complicidad repudiando toda forma de antisemitismo.

En tercer lugar, que debemos leer en la historia del pueblo hebreo la continua presencia misteriosa del rostro de Dios y esto hoy y también en el futuro: porque Dios ama todavía hoy como al principio a estos hijos en la fidelidad de su Alianza con ellos nunca revocada, por medio de ellos hacer alabar su Nombre en toda la tierra, a ellos todavía les está repitiendo su llamada. Aunque no todos ya le han respondido así como a nosotros nos ha sido dado hoy tal espera un misterio que el tiempo futuro nos revelará. Con ellos también nosotros esperamos la caída del velo de los corazones. Y en cuarto lugar, que somos llamados por Jesucristo a contemplar en este Padre de Israel a su Padre, el Padre de toda la humanidad, a aquel que nos quiere hijos en el Hijo.

5. Abbá: el Padre de Jesús.

Existe entre la fe de Israel y lo que Jesús nos revela del Padre una diferencia decisiva: que él, el Nazareno, es el Hijo eterno, que nos hace una sola cosa con él y nos enseña a ser hijos. Ninguno puede en verdad ser “hijo” si no en él. Todo “rechazo del Padre” no será superado plenamente sino encontrándolo a El. Jesús, en efecto, nos ha hecho partícipes de su misma condición filial: por esto nos pone en nuestra boca el Padre nuestro, la oración de los hijos, y nos da su Espíritu que grita en nosotros la palabra que más que cualquier otra expresa el amor filial: ¡”Abbá, Padre!” Rm 8,15 y Ga 4,6. La percepción que el cristiano tiene del misterio del Padre no es expresable en palabras, se apoya en la percepción que de Él tiene Jesucristo como Hijo, y es confiada a la gracia del Espíritu Santo. Este misterio del Padre va, por lo tanto, más allá de todo pensamiento y concepto, no puede ser contenido en palabras, está siempre “mas allá”. Todo lo que nos ha sido dado captar parte siempre de la palabra de Jesús: ¡Abbá!

El Padre que parece abandonarnos como lo ha hecho con su Hijo – ¿”Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” (Mc 15,34) – acoge en realidad nuestro abandono, como ha acogido aquel del Crucificado muriente, entregado por nosotros. La buena nueva que la Cruz anuncia es que el Hijo ha compartido hasta el fondo nuestra condición de seres mortales, débiles, angustiados y que ahora somos hijos en el Hijo, que tenemos un Padre que está en el cielo y que no deja nunca de amar con ternura fiel a sus hijos peregrinos hacia El. El descubrimiento práctico de Dios como Padre se produce, por lo tanto, para nosotros en Jesucristo.

6. El Padre de los discípulos, el “Padre nuestro”

Somos pues “hijos en el Hijo” y así podemos orar a Dios como Padre: “Cuando oren digan: Padre” Lc 11,2. Por esta oración, repetida en cada Eucaristía, la Iglesia es continuamente regenerada como comunidad de amor y de perdón: nos sentimos todos perdonados por el Padre que está en los cielos y nos aceptamos los unos a los otros con nuestras diversidades y nuestras debilidades. La comunidad que recita el Padre nuestro es una comunidad en perenne camino de reconciliación, que se inspira en el corazón del Padre. 

III  ENCONTREMONOS EN EL PADRE DE TODOS 

7. Con los creyentes en Dios

Vivir como discípulos de Jesús significa en particular vivir el sermón de la montaña (Mt 5-7), a partir de las bienaventuranzas (Mt 5,3-12). Esto es lo que se requiere al cristiano de practicar y enseñar a vivir (Mt 28,20). Es un estilo de vida que no excluye a ninguno, que no rechaza a nadie sino, al contrario, atrae por su inconfundible belleza moral. Ser pobres de espíritu, puros de corazón, misericordiosos, prontos a perdonar, rezar por los enemigos etc., significa proponer a todos el camino de Cristo valorizando aquello que hay de más profundo y de más verdadero en toda alma humana y en toda religión. Esto lleva a una auténtica experiencia del Espíritu Santo: el Espíritu es en efecto el vínculo de unidad entre los distintos y ayuda a cada uno a gritar el “Abbá” del corazón y de la vida hacia el único Padre de todos.

8. Con los no creyentes (aquellos en búsqueda y los indiferentes)

Si la relación con el Padre de todos consiente en un encuentro profundo con cuantos creen en Dios y se abren por ello al Misterio santo, del cual el Padre-Madre en el amor es revelación, ésta puede además, ayudar al diálogo del discípulo con el no creyente que esté abierto a la búsqueda del Rostro escondido. En este sentido, quien cree en Dios Padre sabe que continuamente debe orientarse hacia El, superando las resistencias de miedo, de angustia y de conflicto, que continuamente aparecen en su corazón y que muchas veces provienen del contexto cultural en donde vive. No debemos olvidar aquella colaboración sobre los grandes temas éticos compartidos para el bien de la humanidad: justicia, paz, ecología.

9. Con los pobres

El Padre de Jesús es el Padre de los pobres: lo es no sólo porque Jesús ha querido ser pobre y ha declarado: “felices los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,3), sino también porque sólo quien es pobre de corazón puede abrirse a la entrega incondicional de sí mismo a Dios. El retorno al Padre implica por lo tanto, con la conversión del corazón, un serio y perseverante compromiso de los creyentes en El para crear las condiciones de dignidad para todos, de modo que a nadie falte el conjunto de condiciones mínimas para reconocer y adorar al Padre en espíritu y en verdad.

10. En alabanza del Padre

El compromiso al cual estamos llamados es el de celebrar el primado de Dios como nos lo ha enseñado y nos ha posibilitado hacerlo el Hijo eterno venido en la carne. Nos lo recuerda el himno con el cual se abre la carta a los Efesios (1,3-14): Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en el cielo, en Cristo. En él nos ha elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor, predestinándonos a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad para alabanza de la gloria de su gracia. En él hemos sido hechos herederos, siendo predestinados conforme a su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria, nosotros, que primeros habíamos esperado en Cristo. En él también ustedes, después de haber escuchado la palabra de la verdad, el evangelio de su salvación y haber creído en él, han recibido el sello del Espíritu Santo. El deber es de tal modo amplio que nos deja perplejos: nos reconforta, sin embargo, el ícono, la confianza en el Padre y de una vida entregada a su alabanza, la de María Virgen y Madre.

APENDICE:

Algunas preguntas para la revisión de vida personal y comunitaria

1. Revisión de la imagen de Dios

¿Qué imagen tengo de Dios Padre? ¿Es el Dios de Jesús?
¿Qué rostro de Dios transmito en la catequesis o predicación?
¿Es el Dios Padre de Jesús?

2. Revisión sobre las relaciones con el secularismo

¿Cómo escucho al no creyente que está dentro de mí o a mi alrededor?
¿Respeto la búsqueda de quien no cree?
¿Lo estimulo con mi testimonio?

3. Revisión sobre las relaciones con los creyentes en Dios

¿Cómo vivo mi relación con la fe de Israel, raíz santa de mi ser cristiano?
¿Cómo es mi relación con el pueblo de la alianza nunca revocada, los Hebreos?
¿Cómo vivo mi compromiso ecuménico de diálogo y de servicio en la construcción de la unidad por la cual Jesús ha orado?
¿Cómo es vivido este compromiso a nivel comunitario en la Parroquia, en el decanato, en los movimientos y en las asociaciones?

4. Revisión sobre la misión

¿Cómo irradio con la palabra y la vida mi fe en Dios Padre?
¿Cómo sucede esto en nuestra comunidad?
¿Puedo decir a quien no conoce al Dios de Jesús: ven y ve?
¿Cómo vivimos el sostenimiento a las misiones que están en los pueblos que todavía no conocen al Dios de Jesús?

POR AMOR A LA VERDAD HAY QUE AMAR LAS DIFICULTADES

Extracto carta pastoral del  Cardenal CARLO MARIA MARTINI  (1927  +2012)

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