LA REVELACION INICIATIVA DIVINA Y RESPUESTA HUMANA

LA REVELACION INICIATIVA DIVINA Y RESPUESTA HUMANA

La Revelación es una invitación a entrar en el misterio de Dios, no sólo mediante la comprensión intelectual, sino, sobre todo, mediante una respuesta profunda de todo nuestro ser, mediante un sí radicalmente personal.  Esta interrelación entre la iniciativa de Dios y la respuesta de la persona es el fundamento de la vida cristiana, y, por ello, aparece en cada uno de los actos de la vida de Jesús, aunque quizás en ningún momento con tanta claridad como en el misterio de la Encarnación.

Conocer a Jesús

Contemplar el misterio de la encarnación es intentar comprender quién es realmente Jesús, para poder  llegar a ese íntimo conocimiento que sólo puede crecer en una relación personal con Él. Uno no aprende a conocer a otra persona a base de estudiar un libro sobre ella, sino viviendo y compartiendo con ella las alegrías, los deseos y las decepciones de la existencia.

Esta es la clase de conocimiento de Cristo que se busca: no sólo una serie de lugares comunes que valen para todo el mundo, sino una experiencia personal de Él, a fin de amarle, seguirle y convertirme, por así decirlo, en otro Cristo, de modo que otras personas reciban ayuda para comprender su Persona y el porqué de Su venida.

La Encarnación es iniciativa gratuita de Dios

La Encarnación es fruto totalmente gratuito de la iniciativa divina.  Dios es el Pastor que cuida a su rebaño (Jn 10, 11-15) y el Padre solícito (Lc 15,11- 32) que se conmueve frente a la miseria humana.  Dios no desea que el hombre y la mujer sufran porque su gloria consiste precisamente en que el ser humano se realice plenamente.  En la experiencia de la Creación fue la presencia del pecado que introdujo el dolor, es decir, la negación humana frente al Creador ( Gén 3,14- 24).

El ser humano rechaza su condición de creatura y quiere hacer las cosas a su manera, introduciendo con ello grandes rupturas en sí mismo y en su relación con otros.  Dios viene a proponerle la liberación, ofreciéndole el perdón.  Con ello, Dios quiere hacerle comprender que a pesar de sus faltas, siempre es amado por él.

Esta gran verdad está contenida en la parábola de los viñadores homicidas.  Después de haber enviado a sus siervos (los profetas), el dueño de la viña envía a su propio hijo (Mc 12, 6).  En su diálogo con Nicodemo, el mismo Jesús explica su misión: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.  Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,16- 17).

El anonadamiento, es decir, el hacerse hombre

Dios no envía un mensaje sino que Él mismo se hace el mensaje en la Encarnación.  El Hijo de Dios, hecho hombre, transmite el mensaje no sólo con palabras sino con su propia vida.  Esto implica la kenosis (el anonadamiento) porque “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios.  Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz” (Flp 2,6- 8).

La existencia de Jesús consistió en vivir ese anonadamiento original, ese despojo por el que se convirtió en hermano nuestro y, de ese modo, transformó este mundo que Él había creado de manera admirable y que restauró de manera más admirable aún.

La Encarnación es el misterio del último lugar de la tierra.

En este camino de salvación, Dios sigue esta lógica del anonadamiento.  Ante Él tenía todo el imperio romano con toda su cultura y en toda su extensión, pero Él no escogió los bulliciosos centros de la técnica o del arte, de la política o de la ciencia, sino un recóndito rincón de aquel inmenso imperio romano: el territorio ocupado de Palestina.  Los dominadores romanos no tenían mejor opinión de los judíos que la habitaban.  De hecho, Tácito los describe como un rebaño de esclavos de los más miserables y como un pueblo repugnante. Sin embargo, Dios escoge a ese pueblo.

Pero su elección va más lejos: dentro de Palestina se fija precisamente en la región más despreciada y atrasada, Galilea, y dentro de Galilea la aldea de Nazaret que ni siquiera tenía historia y era tan ignorada que su nombre no aparece ni en el Antiguo Testamento.  La Encarnación es el misterio del último lugar.

Dios entra en la historia humana sin afectar su libertad

La irrupción de Dios en la historia humana tampoco se realiza mediante la imposición sino invitando y dirigiéndose a la libertad humana.  El respeto divino por la libertad de su creatura es total, incluso cuando se trata de la misión vital de ser la Madre de Su Hijo, Dios deja a la joven de Nazaret plena libertad para reaccionar como desee.

Las palabras del ángel a María aportan la clave: nada es imposible para Dios (Lc 1,37).  Sólo sobre esta base se puede construir la respuesta humana: hágase en mí según Tu Palabra (Lc 1, 38).  María confía en la acción de Dios sobre su vida y su pariente Isabel reconoce su fe. (Lc 1,45).

Los tres elementos del misterio de la Encarnación

El comienzo del misterio de la Encarnación puede resumirse en las tres fases de este diálogo:

DIOS TOMA LA INICIATIVA Y SE ACERCA; EL SER HUMANO DUDA

DIOS PROPONE; EL SER HUMANO PREGUNTA

DIOS ACTÚA; EL SER HUMANO SE ARRIESGA

Por el sí de María, el Hijo de Dios, se hizo hombre y compartió la vida humana, experimentando lo que significa ser humano.  Sabe lo que es tener un cuerpo, padecer limitaciones, ser dominado, sufrir injusticias.  Sabe lo que significa la sumisión a leyes que no están perfectamente adaptadas; conoce el sufrimiento de vivir en un ambiente que no puede transformar.  Todas estas cosas las conoce por experiencia porque forman parte de la condición humana.  Si el Hijo de Dios ha escogido la vida humana, la vida humana vale la pena.

La Encarnación es histórica

La Encarnación tuvo lugar en un momento preciso de la historia, pero también se puede decir que es un proceso permanente.  En cada momento de su existencia, Jesús es plenamente Él mismo, pero en Nazaret se hizo carne en el seno de María, en Belén se hizo visible, en Nazaret creció… Después de la Resurrección, Cristo sigue siendo vida en nosotros y desea crecer en cada uno.  Su cuerpo místico sigue extendiéndose en la historia (Ef 1,22-23; Gál 3,27- 28; Col 1,18- 9).  “Y “cuando hayan sido sometidas a Él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a Él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo” (1 Cor 15,28).

En cierto sentido, no hay más que un solo acontecimiento en este mundo: la Encarnación porque Cristo ha asumido en sí a toda la humanidad, se ha revestido del universo como de un manto y se entrega así al Padre.  De María se aprende la total disponibilidad, mediante la cual esa encarnación total puede continuarse en cada uno de nosotros y, a través de nosotros, a otros.

Jesús comparte también su filiación divina

Pero Jesús no compartió tan sólo la condición humana sino también el don de la filiación divina, compartió lo que era propio suyo, es decir, el amor de su Padre.  Mucho más que simples hombres y mujeres, somos hijos de Dios, hermanos y hermanas de Cristo, templos del Espíritu Santo, testigos de su verdad y de su amor.  Y gracias a estos dones se puede comunicar vida y calor a los demás.

Vale la pena ponderar las palabras de Orígenes cuando se pregunta:

¿De qué sirve que Dios se encarnó si no puede nacer en cada uno de nosotros?

Conclusión

Siendo el nacimiento de Jesús un hecho histórico afectado por las variables humanas de tiempo y lugar, el conocerle no es estudiar  históricamente un conjunto de hechos de su vida sino el vivir una experiencia personal con El, es decir, tener un encuentro personal con EL, único modo de vivir la experiencia cristiana del amor de Dios.

Texto tomado en San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales Tony Mifsud s.j.

Sub títulos y conclusión del Editor

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