LA NUEVA ALIANZA LA ULTIMA CENA

LA NUEVA ALIANZA LA ULTIMA CENA

Introducción

Si bien en el AT la alianza con Yahveh fue sellada en el  monte Sinaí, la nueva alianza teje su teofanía en la última cena y se sella con la muerte y resurrección de Jesús, donde entrega su Espíritu,  y en Pentecostés, donde Dios regala su  Espíritu a todos los seres humanos dando así cumplimiento final a las profecías de los profetas del Antiguo Testamento.

La necesidad de una nueva alianza: el nuevo testamento

El pueblo respondió a Dios en el Sinaí: “Haremos todo cuanto ha dicho Yahveh” (Ex 9,8). Pero, pronto, experimentó su incapacidad y, a consecuencia de la infidelidad de Israel (Ex 32; Jr 22,9), la alianza queda rota (Jr 31,32), como un matrimonio que se deshace a causa de los adulterios de la esposa (Os 2,4; Ez 16,15-43). A pesar de ello, la fidelidad de Dios a la alianza subsiste invariable (Jr 31,35-37; 33,20-22). Habrá, pues, una alianza nueva (CEC 64). Jeremías precisa que Dios cambiará el corazón humano y escribirá en él la ley de la alianza (Jr 31,33s; 32,37-41). Ezequiel anuncia la conclusión de una alianza eterna, una alianza de paz (Ez 6,26), que renovará la del Sinaí (Ez 16,60) y comportará el cambio del corazón y el don del Espíritu divino (Ez 36,26ss). Esta alianza adopta los rasgos de las nupcias de Yahveh y la nueva Jerusalén (Is cap 54). Alianza inquebrantable, cuyo artífice es “El siervo” Jesús, al que Dios constituye “como alianza del pueblo y luz de las naciones” (Is 42,6; 49,6-7).

Teofanía de Pentecostés

Así, en el Nuevo Testamento, el Decálogo es asumido como creer en Cristo y seguir a Cristo. De este modo el Decálogo significa vivir en la libertad recibida como don de Dios en Cristo Jesús. La libertad humana, don de Dios, no es nunca una libertad vacía, ni caprichosa: “Para ser libres nos libertó Cristo”.

La teofanía de Pentecostés, con el don del Espíritu y los signos del viento y del fuego, será la culminación plena de la teofanía del Sinaí. Pentecostés se convierte finalmente en la fiesta del Espíritu, que inaugura en la tierra la nueva alianza.

 A través de múltiples figuras, Dios preparó la gran “sinfonía” de la salvación, dice San Ireneo. Y así San Agustín ve la fiesta de Pentecostés como fiesta del don de la Ley para los hebreos y del Espíritu Santo, ley interior de la nueva alianza, para los cristianos.

Pedro, citando a Joel (3,1-5), anuncia que en Pentecostés se  hacen realidad las promesas de Dios (Hech cap 2). Es la coronación de la pascua de Cristo. Cristo muerto, resucitado y exaltado a la derecha del Padre, culminando su obra derramando su Espíritu sobre la comunidad eclesial.

Así Pentecostés es la plenitud de la Pascua, inaugurando el tiempo de la Iglesia, que en su peregrinación al encuentro del Señor, recibe constantemente de El su Espíritu, que la reúne en la fe y en la caridad, la santifica y la envía en misión.

Los Hechos de los Apóstoles, “Evangelio del Espíritu Santo”, revelan la actuación permanente de este don (Hech 4,8; 13,2; 15,28; 16,6).

Partiendo de la tipología “Moisés-Cristo”, aparece una clara vinculación entre la teofanía del Sinaí y la alianza con la efusión del Espíritu Santo en la fiesta cristiana de Pentecostés. En esta fiesta, la comunidad cristiana celebra con  la ascensión de Cristo, nuevo Moisés, a la gloria del Padre, la donación del Espíritu Santo a los creyentes.

La ley de la alianza y el Espíritu, ley interior de la nueva alianza, son las manifestaciones de la economía de salvación en los dos Testamentos.

Yahveh, en la fórmula de la alianza del Sinaí, se presenta así: “Yo soy Yahveh, tu Dios, que te he sacado de Egipto, de la casa de esclavitud”. En la plenitud de los tiempos, en la revelación plena de Dios a los hombres, el nombre de Dios es Jesús: “Yahveh salva”. Este es “el nombre sobre todo nombre” (Flp 2,10).

El Espíritu Santo la nueva ley

En Cristo, la ley cede el puesto al Espíritu. El Espíritu es la nueva ley: “No estáis bajo la ley, sino en la gracia” (Rm 6,4), entendiendo por gracia la presencia del Espíritu en nosotros, “pues si os dejáis conducir por el Espíritu, no estáis bajo la ley” (Ga 5,18). Para que el hombre viva conforme a la vocación cristiana, a la que ha sido llamado, necesita ser transformado por el Espíritu. Sólo Él puede darle una mentalidad cristiana, darle los sentimientos del Padre y del Hijo. Antes de nada, es necesario que el cristiano se atreva a llamar al Dios todo santo “Padre”; que tenga la convicción íntima de ser hijo.

Esto sólo se lo puede dar el Espíritu: “En efecto, cuántos son guiados por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Porque no recibisteis el espíritu de esclavos para recaer de nuevo en el temor, sino que recibisteis el Espíritu de hijo de adopción que nos hace clamar: iAbba! iPadre! El mismo Espíritu da testimonio juntamente con nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Rom 8,14-16). “Porque sois hijos, Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: iAbba! ¡Padre!” (Gal 4,6).

El Espíritu Santo, hablando al corazón del cristiano, le persuade de su filiación divina. El cristiano, regenerado por el Espíritu, vive según el Espíritu: El es el Espíritu de la vida o la fuente del agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4,14; 6,38-39), por quien el Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resuciten en Cristo sus cuerpos mortales (Rom  8,11). El Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de los cristianos como en un templo (1Co 3,16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos (Ga 4,6; Rm 8,15-16.26)” (LG 4).

De este modo queda establecida la nueva alianza anunciada por el profeta Jeremías: “Pondré mi ley en el fondo de su ser y la escribiré en sus corazones” (31,31-34). “La ley nos fue dada por Moisés, la gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo” (Jn 1,17; CEC 1965-1972).

Conclusión

El Espíritu Santo, santificando, iluminando y dirigiendo la conciencia de cada fiel, forma el nuevo pueblo de Dios, cuya unidad no se basa en la unión carnal, sino en su acción íntima y profunda:

La acción del Espíritu pasa por la vida sacramental para llegar a toda la vida del cristiano y de la Iglesia, a la que edifica con sus dones y carismas.

El mismo Espíritu Santo santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, dando sus dones a cada uno según quiere (1Co 12,11).

Por la gracia del Espíritu Santo los nuevos ciudadanos de la sociedad humana son descendencia elegida, reino de sacerdotes y nación santa. Los que en otro tiempo no eran pueblo, ahora son pueblo de Dios. (1P 2,9-10)

Por la gracia del Espíritu Santo  (Fil 3,20.21)  nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas.

Texto extractado y adaptado  por el  Editor Web,(Dipl en Teo PUC Chile) desde Mercaba.org

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