LA INTERPRETACIÓN HUMANA E IMAGINADA DEL LLAMADO DE JESÚS A MATEO Y A CADA UNO DE NOSOTROS

LA INTERPRETACIÓN HUMANA E IMAGINADA DEL LLAMADO DE JESÚS A MATEO Y A CADA UNO DE NOSOTROS

Es la historia que el evangelio relata más brevemente; en tres o cuatro líneas muestran el momento en que una vida se transforma y se proyecta para siempre. (Mt 9,9)

El  evangelista no nos habla de su relación anterior con Jesús; solamente  la  increíble instantánea del encuentro y el seguimiento. Ante ese silencio, permítanme conjeturar el resto del relato. Es posible que Mateo haya sido un seguidor anónimo de Jesús, prudentemente oculto para no motivar las burlas de los de su oficio ni provocar el escándalo de los judíos.

Allá, en medio de la paz y el silencio de los atardeceres en las playas del lago, mientras el Maestro hablaba sobre el amor, el perdón, la misericordia y la paz, expresándolos con su  propia vida y actitudes, Mateo, confundido entre sus humildes seguidores, sentía que sus palabras iban cayendo como suave bálsamo sobre las heridas de su  alma. Tal vez la mirada atenta y afable de Jesús le haya descubierto más de una vez, disimulado entre su auditorio, escuchándole absorto, clavado al suelo por la emoción, los ojos húmedos con lágrimas reprimidas. Mas no eran esos los momentos ni los lugares adecuados para el llamado.

La Esperanza

Qué maravilloso sería- se decía Mateo- poder estar cada día cerca de este Profeta, para escuchar su cálida Palabra llena de profunda sabiduría  y amor; disfrutar de su presencia que irradia majestad y poder, bondad, dulzura y paz; que a veces parece un ser celestial, pero que se acerca y toca a los leprosos y consuela a las prostitutas.

Si yo permaneciera un tiempo con él, tal vez descubriría nuevos caminos y cambiaría mi miserable vida. De repente, como saliendo de un sueño, se reprochaba: Pero no -se decía- yo soy un publicano, un cobrador de impuestos al servicio de los enemigos de mi pueblo; he formado mi riqueza con los excesos que he cobrado injustamente; todo el mundo me desprecia porque he sido un pecador. No podría  aparecer en público junto a un hombre tan santo y puro como Jesús, si es que el me aceptara. Además mi posición social, cultural y económica, así como mi nivel de vida y mis costumbres son muy diferentes a las de sus discípulos. Creo que necesitaría que mi corazón se abriera milagrosamente al amor fraterno para integrarme a esa comunidad de  gente ignorante y de baja extradición. Tal vez Jesús, con su  infinita misericordia, podría unirnos a todos con su mismo amor.

Pero tampoco es imposible que él pase por encima de mi mala fama y mi pecado con su gran misericordia. Pero yo me pregunto para qué habría de hacerlo. ¿Qué podría yo aportarle a él y a su misión de Profeta? ¡Tonterías! Nadie me ha propuesto nada y seguramente he pasado totalmente inadvertido para él. Es claro ¡si soy un vulgar publicano!

En cambio soy yo quien tengo que examinarme hasta dónde llega mi admiración y mi adhesión hacia él. Y la medida la tendría si en un momento dado yo tuviera que decidir entre integrarme a sus seguidores o bien mantener mi oficio con mis rentas, mis satisfacciones, comodidades y amistades.

La elección de la opción por Jesús

Por lo que le he escuchado, él lo plantea como una opción; no puedo tenerlo todo a la vez. Sería una difícil y dramática decisión. Lo curioso es que cuando estoy cerca de él y le escucho, experimento una atracción tan fuerte y profunda que todo lo demás comienza a perder su valor, a caerse en pedazos.

¿Este Jesús tendrá verdaderamente poderes sobrenaturales? ¿Será sólo un conjuro pasajero? Porque si me dejo llevar por esta emoción y sacrifico mi oficio y mis bienes, podría suceder que algún día mi admirado Profeta desapareciera por cualquier motivo –como tantos otros- y yo ya no tendría como volver atrás. ¿Qué haría con mi vida y los ideales que él haya sembrado en mí? ¡Ah si pudiera compartirle a él mis pensamientos!

Durante largo tiempo, especialmente en sus noches de desvelo, estas cavilaciones persiguieron a Mateo como una obsesión. Casi siempre llegaba a la misma conclusión: se mantendría cercano a Jesús –no podría olvidarlo totalmente- pero, sin tomar un compromiso radical con  él y  esperaría el devenir  de  los  acontecimientos. En lo secreto de su alma, mantenía la ilusión que algún día Jesús le dirigiera alguna palabra que iluminara su camino…

Un sueño hecho realidad

Una mañana, en el momento menos pensado y oportuno, su ilusión se transformó en una potente realidad. Mateo se encontraba en su ‘despacho de impuestos’, frente a la ancha puerta hacia la calle, sentado ante el escritorio de trabajo con algunos rollos y monedas, totalmente absorto en sus cuentas.

A su lado, el ayudante, y al frente un cliente que esperaba. De repente levanta la vista, su corazón se agita de sorpresa y emoción y siente que su rostro enrojece: en medio de la calle, frente a su puerta, está Jesús, que esboza una sonrisa y su voz llena el despacho con una sola palabra:

“SIGUEME”

Por un instante –como una tentación- a Mateo se le viene encima el peso de su indignidad y mira a todos lados para verificar si la invitación es para él. En actitud interrogante, con el índice apuntándose el pecho, susurra: ¿yo?

Vuelve a mirar a Jesús y se encuentra con esa mirada intensa y amorosa que le traspasa el alma y que, sin palabras, le repite la invitación y le  da  respuesta  a  todas  sus  dudas  y  cuitas.  A  la  pasada,  en  un  murmullo,  le  ordena escuetamente al ayudante: ‘guarda todo’. Y sale como flotando sobre el suelo hasta caer de rodillas  ante  Jesús,  con  los  brazos  extendidos  hasta  alcanzar  los  que  él  le  ofrecía  para levantarlo y estrecharlo contra su pecho.

Una lágrima de alegría humedeció la túnica de Jesús. Vivía el momento más feliz e inesperado de su vida, en que el encuentro con Jesús la cambió radicalmente y para siempre.

Según  nuestra  experiencia,  para  un  ‘encuentro  personal’  tan  profundo  y  determinante requeriría de un extenso y franco diálogo con el Señor. Mas no ocurrió así. Bastó una sola palabra, una simple invitación de Jesús dicha con tal amor y fuerza que demolió los cargos de conciencia, los sentimientos de indignidad y los fríos cálculos de Mateo: “sígueme”. Y él, ”dejándolo todo, le siguió”, le siguió, le siguió… como si hubiera obedecido una orden que estaba  esperando. Pero  más  que  una  orden, él  la  oyó  como  una  amorosa  y  acogedora invitación.

En el sereno atardecer de ese día, propicio para las confidencias, el Maestro le escuchó atenta y misericordiosamente mientras Mateo –por fin- pudo abrirle de par en par su corazón para entregarle sus miserias y pecados y contarle las cuitas de su seguimiento espiritual. Sólo quedaron pendientes dos preguntas que se callaron para no romper el hechizo:

¿Adónde quieres que te siga? y ¿cuánto tiempo durará este caminar?

En realidad, ninguno de los que le siguieron supieron las respuestas; pero tampoco les interesó saberlas. En realidad, el mismo Mateo fue encontrando la respuesta en la entrega de cada día de su vida.

Mateo se sentía tan feliz, que necesitaba compartir este acontecimiento con sus amigos, a quienes quería presentar a Jesús para que, al conocerle, comprendieran su radical y sorpresivo cambio de vida y pudieran, tal vez, compartir su seguimiento del Maestro.

Así se lo explicó a Jesús al invitarle a una comida en su casa, junto a sus discípulos y a la que asistirían sus ‘colegas’ publicanos. Jesús aceptó gustoso. (Mt 9, 10-13)

No sabemos por qué había fariseos entre los comensales y que, como siempre, aprovecharon la ocasión para criticar la presencia de Jesús allí. Él la explicó con una frase que satisfizo también las últimas inquietudes de Mateo acerca de su vocación: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores”.

Jesús nos llama a nosotros con su infinita misericordia con la misma palabra:

SIGUEME, VEN SIGUEME, VEN SIGUEME

Jose Dario Pavez, Laico católico evangelizador, formador y predicador

(Entre otras misiones predicó 15 años en la cárcel de Valparaíso, Chile y ha pertenecido desde sus orígenes a la Renovación Carismática Católica)

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