LA FE EN CRISTO HOY Y EN EL INICIO DE LA IGLESIA

LA FE EN CRISTO HOY Y EN EL INICIO DE LA IGLESIA

¿Qué papel tiene Jesús en nuestra sociedad y en nuestra cultura? Pienso que se puede hablar, al respecto, de una presencia-ausencia de Cristo. En cierto nivel Jesucristo está muy presente, nada menos que una «Superstar», según el título de un conocido musical sobre él. En una serie interminable de relatos, películas y libros, los escritores manipulan la figura de Cristo, a veces bajo pretexto de fantasmales nuevos documentos históricos sobre él. El Código Da Vinci es el último y más agresivo episodio de esta larga serie. Se ha convertido ya en una moda, un género literario. Se especula sobre la vasta resonancia que tiene el nombre de Jesús y sobre lo que representa para amplia parte de la humanidad para asegurarse gran publicidad a bajo costo. Y esto es parasitismo literario.

Jesucristo está muy presente en nuestra cultura pero no en la fe

Desde cierto punto de vista podemos por lo tanto decir que Jesucristo está muy presente en nuestra cultura. Pero si miramos hacia el ámbito de la fe, al que él pertenece en primer lugar, notamos, al contrario, una inquietante ausencia, si no hasta rechazo de su persona. ¡Hay que preguntarse para quién es aún necesario Cristo!

Más preocupante todavía es lo que se observa en la sociedad en general, incluidos los que se definen «creyentes cristianos». ¿En qué creen, en realidad, aquellos que se definen «creyentes»? Creen, la mayoría de las veces, en la existencia de un Ser supremo, de un Creador; creen que existe un «más allá». Pero ésta es una fe deísta, no aún una fe cristiana. Jesucristo está en la práctica ausente en este tipo de religiosidad. Incluso el diálogo entre ciencia y fe, que ha vuelto a ser tan actual, lleva, sin quererlo, a poner entre paréntesis a Cristo. Aquél tiene de hecho por objeto a Dios, el Creador. La persona histórica de Jesús de Nazaret no tiene ahí ningún lugar. Sucede lo mismo también en el diálogo con la filosofía, que ama ocuparse de conceptos metafísicos más que de realidades históricas. Se repite, en resumen, a escala mundial, lo que ocurrió en el Areópago de Atenas, con ocasión de la predicación de Pablo. Mientras el Apóstol habló del Dios «que hizo el mundo y todo lo que hay en él» y del cual «somos también estirpe», los doctos atenienses le escucharon con interés. Cuando comenzó a hablar de Jesucristo «resucitado de entre los muertos» respondieron con un educado «sobre esto ya te oiremos otra vez» (Hech 17,22-32).

De qué fe hablamos?

Basta una sencilla mirada al Nuevo Testamento para entender cuán lejos estamos, en este caso, del significado original de la palabra «fe» en el Nuevo Testamento. Para Pablo, la fe que justifica a los pecadores y confiere el Espíritu Santo (Gal 3,2); en otras palabras, la fe que salva, es la fe en Jesucristo, en su misterio pascual de muerte y resurrección. También para Juan la fe «que vence al mundo», es la fe en Jesucristo. Escribe: «¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5,4-5).

Frente a esta nueva situación, la primera tarea es la de hacer, nosotros los primeros, un gran acto de fe. «Tened confianza, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), nos dijo Jesús. No ha vencido sólo al mundo de entonces, sino al mundo de siempre, en aquello que tiene en sí de reacio y resistente al Evangelio. Por lo tanto, ningún miedo o resignación. Me hacen sonreír las recurrentes profecías sobre el inevitable fin de la Iglesia y del cristianismo en la sociedad tecnológica del futuro. Nosotros tenemos una profecía bastante más autorizada a la que atenernos: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35).

Pero no podemos permanecer inertes; debemos ponernos manos a la obra para responder de manera adecuada a los desafíos que la fe en Cristo afronta en nuestro tiempo. ¡Para re-evangelizar el mundo post-cristiano es indispensable, creo, conocer el camino seguido por los apóstoles para evangelizar el mundo pre-cristiano!  Las dos situaciones tienen mucho en común. Y es esto lo que querría ahora intentar sacar a la luz: ¿cómo se presenta la primera evangelización? ¿Qué vía siguió la fe en Cristo para conquistar el mundo?

El Kerigma y la catequesis (didaché) para la fe

Todos los autores del Nuevo Testamento muestran presuponer la existencia y el conocimiento, por parte de los lectores, de una tradición común que se remonta al Jesús terreno. Esta tradición presenta dos aspectos, o dos componentes: un componente llamado «predicación», o anuncio (kerigma) que proclama lo que Dios ha obrado en Jesús de Nazaret, y un componente llamado «enseñanza» (didaché) que presenta normas éticas para un recto actuar por parte de los creyentes. Varias cartas paulinas reflejan este reparto, porque contienen una primera parte kerigmática, de la que desciende una segunda parte de carácter práctico.

La predicación, o el kerigma, es llamada el «evangelio»; la enseñanza, o didaché, en cambio es llamada la «ley», o el mandamiento, de Cristo, que se resume en la caridad. De estas dos cosas, la primera –el kerigma, o evangelio– es lo que da origen a la Iglesia; la segunda –la ley, o la caridad— que brota de la primera, es lo que traza a la Iglesia un ideal de vida moral, que «forma» la fe de la Iglesia. En este sentido, el Apóstol distingue su obra de «padre» en la fe, frente a los corintios, de la de los «pedagogos» llegados detrás de él. Dice: «He sido yo quien, mediante el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús» (1 Co 4,15)

La fe, por lo tanto, como tal, florece sólo en presencia del kerigma, o del anuncio. «¿Cómo podrán creer –escribe el Apóstol hablando de la fe en Cristo– sin haberle oído? ¿Cómo podrán oírle sin que se les predique?» (Rom 10,14), «sin que alguno que proclame el kerigma». Y concluye: «Por tanto, la fe viene de [la escucha de] la predicación» (Rom 10,17), donde por «predicación» se entiende la misma cosa, esto es, el «evangelio» o el kerygma.

La fe viene por lo tanto de la escucha de la predicación. ¿Pero cuál es, exactamente, el objeto de la «predicación»? Se sabe que en boca de Jesús aquél es la gran noticia que hace de fondo en sus parábolas y de la que brotan todas sus enseñanzas: «¡Ha llegado a vosotros el Reino de Dios!». Pero ¿cuál es el contenido de la predicación en boca de los apóstoles? Se responde: ¡la obra de Dios en Jesús de Nazaret! Es verdad, pero existe algo aún más concreto, que es el núcleo germinativo de todo y que, respecto al resto, es como la reja del arado, esa especie de espada ante el arado que rompe en primer lugar el terreno y permite al arado trazar el surco y remover la tierra.

El Señorío de Jesús

Este núcleo más concreto es la exclamación: «¡Jesús es el Señor!», pronunciada y acogida en el estupor de una fe en el acto mismo de nacer. El misterio de esta palabra es tal que ella no puede ser pronunciada «sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1Cor 12,3). Sola, ella hace entrar en la salvación a quien cree en su resurrección: «Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9). De este modo la predicación de la Iglesia va ampliándose, hasta constituir un inmenso edificio doctrinal, pero comienza con una punta y esta punta es el kerigma: «¡Jesús es el Señor!».

Por lo tanto, aquello que en la predicación de Jesús era la exclamación: «¡Ha llegado el reino de Dios!», en la predicación de los apóstoles es la exclamación: «¡Jesús es el Señor!». Y sin embargo ninguna oposición, sino continuidad perfecta entre el Jesús que predica y el Cristo predicado, porque decir: «¡Jesús es el Señor!» es como decir que en Jesús, crucificado y resucitado, se ha realizado por fin el reino y la soberanía de Dios sobre el mundo.

Después de Pentecostés, los apóstoles no recorren el mundo repitiendo siempre y sólo: «¡Jesús es el Señor!». Lo que hacían, cuando se encontraban anunciando por primera vez la fe en un determinado ambiente, era, más bien, ir directos al corazón del evangelio, proclamando dos hechos: Jesús murió y Jesús resucitó y el motivo de estos dos hechos: murió «por nuestros pecados», resucitó «para nuestra justificación» (1Cor 15,4; Rom 4,25).

El anuncio: «¡Jesús es el Señor!» no es por lo tanto otra cosa sino la conclusión, ahora implícita ahora explícita, de esta breve historia, narrada en forma siempre viva y nueva, si bien sustancialmente idéntica, y es, a la vez, aquello en lo que tal historia se resume y se hace operante para quien la escucha. «Cristo Jesús se despojó de sí mismo obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó para que toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor» (Flp 2, 6-11). La proclamación «¡Jesús es el Señor!» no constituye, por lo tanto, ella sola, la predicación entera, pero es su esencia y, por así decirlo, el sol que la ilumina. Llegar a la fe es el repentino y estupefacto abrir los ojos a esta luz. Era como la apertura de un mundo nuevo; la primera Carta de Pedro lo define como pasar «de las tinieblas a la admirable luz» (1 P 2,9; Col 1,12 ss.).

Redescubrir el kerigma

Esta situación incide hoy fuertemente en la evangelización. Las Iglesias con una fuerte tradición dogmática y teológica (como es, por excelencia, la Iglesia Católica), corren el riesgo de encontrarse en desventaja si por debajo del inmenso patrimonio de doctrina, leyes e instituciones, no hallan ese núcleo primordial capaz de suscitar por sí mismo la fe.

Presentarse al hombre de hoy, carente frecuentemente de todo conocimiento de Cristo, con todo el abanico de esta doctrina es como poner una de esas pesadas capas de brocado de una vez en la espalda de un niño. Estamos más preparados por nuestro pasado a ser «pastores» que a ser «pescadores» de hombres; esto es, mejor preparados a nutrir a la gente que viene a la iglesia que a llevar personas nuevas a la Iglesia, o repescar a los que se han alejado y viven al margen de ella.

Para nosotros, católicos, esto es sólo el inicio de la vida cristiana. Después de eso debe llegar la catequesis y el progreso espiritual, que pasa a través de la negación de uno, la noche de la fe, la cruz, hasta la resurrección.

Es necesario, por lo tanto, que el anuncio fundamental, al menos una vez, sea propuesto entre nosotros, nítido y enjuto, no sólo a los catecúmenos, sino a todos, dado que la mayoría de los creyentes de hoy no ha pasado por el catecumenado. La gracia que algunos de los nuevos movimientos eclesiales constituyen actualmente para la Iglesia consiste precisamente en esto. Ellos son el lugar donde personas adultas tienen por fin la ocasión de escuchar el kerigma, renovar el propio bautismo, elegir conscientemente a Cristo como propio Señor y salvador personal y comprometerse activamente en la vida de su Iglesia.

Anunciar el kerigma hoy

El kerigma resuena, es verdad, en el momento más solemne de cada Misa: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!». Pero, por sí sola, ésta es una sencilla fórmula de aclamación. Se ha dicho que «los evangelios son relatos de la pasión precedidos por una larga introducción». Pero, extrañamente, la parte originaria y más importante del evangelio es la menos leída y escuchada en el curso del año. En ningún día festivo, con multitud de pueblo, se lee en la iglesia la Pasión de Cristo, excepto el Domingo de Ramos en el que, por la duración de la lectura y la solemnidad de los ritos, ¡no hay tiempo para pronunciar al respecto una consistente homilía!

Ahora que ya no hay misiones populares como una vez, es posible que un cristiano no escuche jamás, en su vida, una predicación sobre la Pasión. Sin embargo, es precisamente ella la que normalmente abre los corazones endurecidos.

Elegir a Jesús como Señor

Hemos partido de la pregunta: «¿qué lugar ocupa Cristo en la sociedad actual?»; pero no podemos terminar sin plantearnos la cuestión más importante en un contexto como éste: «¿qué lugar ocupa Cristo en mi vida?». Traigamos a la mente el diálogo de Jesús con los apóstoles en Cesarea de Filipo: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? …Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,13-15). Lo más importante para Jesús no parece ser qué piensa de él la gente, sino qué piensan de él sus discípulos más cercanos.

He aludido antes a la razón objetiva que explica la importancia de la proclamación de Cristo como Señor en el Nuevo Testamento: ella hace presentes y operantes en quien la pronuncia los eventos salvíficos que recuerda. Pero existe también una razón subjetiva, y existencial. Decir «¡Jesús es el Señor!» significa tomar una decisión de hecho. Es como decir: Jesucristo es «mi» Señor; le reconozco todo derecho sobre mí, le cedo las riendas de mi vida. Como dice san Pablo:

NO QUIERO VIVIR MAS PARA MI MISMO, SINO PARA AQUEL QUE MURIO Y RESUCITO POR MI (2a Cor 5,15).

Raniero Cantalamessa OFM predicador de la Casa Pontificia año 2005

Extracto  y subtitulos del Editor

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