LA CRUZ DE CRISTO: ESCÁNDALO Y LOCURA

LA CRUZ DE CRISTO: ESCÁNDALO Y LOCURA

Estamos de tal manera habituados a ver la cruz y a Cristo crucificado en ella que nos resulta difícil percatarnos de la trágica realidad oculta tras la imagen del crucifijo. La usamos incluso como un adorno de oro o plata para lucir en el cuello. La hemos convertido con justa razón en símbolo del cristianismo y queremos ver al Crucificado en los tribunales, en las aulas escolásticas, en las tumbas de los difuntos y hasta en las cimas de los montes, como símbolo de la fe cristiana y del triunfo en la lucha contra la muerte y las potencias del mal.

¿Pero qué hay detrás de ese símbolo? Queremos pues preguntarnos qué era la cruz en el mundo antiguo y qué representó para Jesús la crucifixión y la muerte en la cruz. También deseamos ver de qué manera este símbolo de la mayor infamia pasó a representar la victoria y cuál fue el precio de la superación del “escándalo”, de la “locura” de la cruz.

En realidad, sin examinar a fondo el significado que tenía en el mundo antiguo la condena a morir crucificado, hoy en día no lograríamos comprender el carácter del “escándalo” de los hebreos cuando escuchaban hablar del “mesías crucificado” ni el “rechazo” de los paganos al oír a San Pablo anunciar que Jesús, el Hijo de Dios, había sido condenado para la salvación de todos los hombres a morir en la forma más infamante: en la cruz.

EL USO DE LA CRUZ PARA EL CONDENADO A MUERTE

En la antigüedad, la cruz era un instrumento de tortura con el cual se llevaba a cabo la condena a muerte por delitos graves. Originalmente era un árbol o un poste en el cual se colgaba al condenado, amarrándolo con cuerdas o fijándolo con clavos. La crucifixión se practicaba de distintas formas. Hay quienes cuelgan a sus víctimas cabeza abajo, otros extienden los brazos sobre el patíbulo. Así, los verdugos podían satisfacer su sadismo en las formas más feroces.

De acuerdo con la ley judaica, la maldición de Dios recaía sobre el hombre crucificado. Esto explica por qué la prédica cristiana sobre el Mesías “crucificado” de los primeros tiempos provocó “escándalo” entre los hebreos: ¿cómo podía el Mesías ser un hombre “crucificado” y por lo tanto “maldecido” por Dios?

En todo caso, es importante observar que la ley judaica no enfocaba el hecho de ser colgado en un madero como una pena de muerte, sino como un castigo adicional. Efectivamente, este castigo se aplicaba a los idólatras y blasfemos apedreados y por consiguiente después de muertos. El carácter penal consistía en el hecho de que el hombre apedreado, al ser colgado en un palo, era señalado como un ser “maldecido por Dios”.

LA CRUCIFIXIÓN DE JESÚS

La crucifixión de Jesús no fue diferente a la forma acostumbrada de imponer este tipo de suplicio. Una vez condenado por Pilato, fue flagelado de acuerdo a la costumbre romana, se le hizo cargar el patibulum ( la cruz), que en su estado de agotamiento no lograba llevar, de tal manera que obligaron a un tal Simón de Cirene, que venía del campo, a cargarlo detrás de él.

Al llegar a un lugar elevado llamado Gólgota, le quitaron del cuello la tablilla donde estaba escrito su nombre (Jesús el Nazareno) y el motivo de la condena (Rey de los Judíos); le hicieron ingerir un brebaje narcótico, compuesto de vino y mirra, que las mujeres de alto rango de Jerusalén solían ofrecer a los condenados para reducir su sensibilidad al dolor; luego lo desnudaron, lo clavaron en el patibulum y lo levantaron sobre el stipes (palo vertical) hundido en la tierra.

Por último, fijaron sus pies en el stipes (palo vertical), probablemente con un solo clavo, y pusieron la tablilla de la condena sobre su cabeza.

Junto con Jesús fueron crucificados dos ladrones, cuyas cruces se encontraban una a su derecha y la otra a su izquierda. Tal vez la cruz de Jesús era más alta que de costumbre porque el soldado puso en una caña la esponja en vinagre para calmar su sed (Mc 15, 36).

DIFICULTADES DE LAS PRIMERAS PREDICAS CRISTIANAS

Los datos históricos sobre la crucifixión nos ayudan a comprender las grandes dificultades de las primeras prédicas cristianas de los discípulos de Jesús y de la acogida de parte de los judíos y los paganos. Tanto así que el historiador se pregunta justamente cómo fue posible el éxito del cristianismo primitivo y si debiera reconocer o al menos sospechar que realmente se produjo esa intervención sobrenatural llamada por la fe cristiana el “poder del Espíritu Santo”.

Refiriéndose a su predicación, San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: “Porque los judíos piden señales, los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, mas poder y sabiduría de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos” (1 Cor 1, 22-24). San Pablo sabe que no está predicando lo que los judíos y paganos esperan de él.

Como lo hicieran con Jesús (Mt 12, 38: “Maestro, quisiéramos ver una señal tuya”), los judíos piden prodigios y milagros estruendosos, similares a aquellos que abundan en la historia hebrea, que acrediten a Jesús en carácter de enviado y profeta de Dios. Por su parte, los griegos atribuyen a la sabiduría el valor más alto y buscan nuevos maestros en este ámbito. Pablo, en cambio, sólo puede presentar a los judíos y a los paganos “la doctrina de la cruz (ho logos ho tou staurou) (1 Cor 1, 18), que es “necedad (môria)”.

¿Por qué “necedad”? Porque Pablo anuncia a los paganos que Jesús es el Hijo de Dios y el Salvador de los hombres del pecado y la muerte. En esto reside la “necedad” de su predicación: ¿cómo puede ser el Hijo de Dios un judío “crucificado”, es decir, condenado por la autoridad romana a morir en la cruz, forma de muerte reservada a los esclavos sediciosos, a los criminales endurecidos y a los súbditos rebeldes, y por lo tanto no sólo tremendamente cruel, sino también sumamente infamante?

¿Cómo puede ser el Salvador de los hombres un individuo que ni siquiera ha sido capaz de salvarse a sí mismo del suplicio de la cruz y por consiguiente no ha muerto como héroe, sino como un despreciable y miserable delincuente?

Jesús muere solo, abandonado por sus discípulos y traicionado por uno de ellos; muere espantosamente flagelado, escarnecido como rey objeto de burla por los soldados romanos y como falso mesías por las autoridades judaicas (“¡El Mesías, el rey de Israel! Baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos”, Mc 15, 32); muere expuesto desnudo ante las muecas de los transeúntes; muere gritando “con voz fuerte: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34).

LA LOCURA DE LA CRUZ

Mientras “la palabra de la cruz” es “necedad” y “locura” para el mundo grecorromano al cual se dirige Pablo, es “escándalo” para los judíos, en cuyas comunidades dispersas en el mundo helenístico anuncia el Evangelio de Jesús antes de comunicarlo a los paganos. ¿Por qué “escándalo”, es decir, literalmente “piedra de obstáculo” que les impide creer en Jesucristo? ¿Dónde reside el “escándalo”? En el hecho de anunciar Pablo al “Mesías crucificado”: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado (1 Cor 1, 23).

La “locura” y el “escándalo” de la muerte de Jesús en la cruz eran aún mayores por el hecho de anunciar Pablo que la muerte de Jesús tenía un carácter “redentor” a pesar de haber sido tan espantosa. Así, Pablo afirmaba que Jesús, el Mesías, murió para expiar los pecados de todos los hombres: “Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras” (1 Cor 15, 3-4).

Jesús había muerto por los demás hombres pecadores. Por lo tanto, era una muerte “vicaria”, “en lugar” y “a favor” de los hombres, todos pecadores y por tanto alejados de Dios e incapaces de tener acceso a Él. Con su muerte, causada injustamente por los hombres, pero dispuesta por Dios y por Él deseada en su inescrutable designio de redimir a los hombres del pecado y la muerte, tuvo lugar la reconciliación de los hombres con Dios y se otorgó a éstos gratuitamente la salvación.

Estas afirmaciones, tomadas por Pablo de la primera comunidad cristiana de Jerusalén, eran escandalosas e insensatas tanto para los paganos helenísticos como para los judíos. Al auditor culto del mundo pagano, “la predicación cristiana sobre el mesías crucificado debía parecerle repulsiva desde el punto de vista estético y moral y en conflicto con el concepto afinado por la filosofía de la naturaleza de la divinidad.

La nueva doctrina de la salvación tenía rasgos no sólo bárbaros, sino también irracionales y excesivos. Para los contemporáneos era una superstición oscura e insensata. No se trataba de la muerte de un héroe de los tiempos antiguos, transfigurada a la luz de la religión, sino de un artesano judío del pasado reciente, ajusticiado como un criminal, con lo cual se había asociado la salvación del pasado y el presente de todos los hombres.

Así, la predicación sobre la muerte “redentora” de Jesús, el Mesías, era escandalosa para los judíos. Por una parte, de acuerdo con la visión mesiánica del judaísmo, era inaceptable la forma ignominiosa en que había muerto Jesús, porque habría sido un Mesías “maldecido por Dios”, idea inconcebible y absurda. Por otra parte, la Torâ no apoyaba el hecho de “morir por los demás”: (Dt 24, 16), (Je 31, 30), (Ez 18, 20).

EL ANUNCIO DE LA RESURRECCIÓN ABRIÓ EL CAMINO DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS

Se comprende así de qué magnitud pudieron ser esos obstáculos, sumamente difíciles de superar humanamente, enfrentados por la predicación cristiana primitiva sobre el “mesías crucificado, muerto para la salvación de todos los hombres”. Solamente el anuncio de la resurrección por obra de Dios del mesías crucificado, al cual había elevado junto a Él en la gloria con el nuevo nombre de “Señor”, contribuyó a la superación de todo obstáculo. Ciertamente, sólo la resurrección y glorificación del mesías crucificado por parte de Dios justificaban el escándalo y la locura de la cruz, otorgándoles un sentido “redentor”.

En efecto, en su misterioso designio de salvación de los hombres, Dios había “entregado” a su Hijo Jesús, el Mesías, a la muerte en la cruz, para hacerlo expiar de una vez y para siempre los pecados de la humanidad con su obediencia al designio del Padre y con su amor al Padre y a los hombres y para que reconciliara con su sangre inocente a los hombres con Dios.

De acuerdo al designio inescrutable de Dios, era necesario que el mesías salvara a los hombres haciéndose cargo de sus pecados y sometiéndose por tanto a la muerte, castigo del pecado. Debía descender al abismo del mal a través de la espantosa e infamante muerte en la cruz. Pero precisamente este descenso “a los infiernos” le permitiría derrotar a la muerte para sí mismo y todos los hombres, resucitando desde el reino de la muerte y el pecado y recibiendo “un nombre sobre todo nombre” (Fil 2, 9), es decir, el nombre divino de “Señor”.

Así, el “Mesías crucificado” es el “Señor Resucitado y Glorificado”, y si con esto la infamia y el escándalo de la crucifixión no desaparecen, ciertamente se atenúan; pero aquí reside el núcleo esencial y más difícil del acto de fe al cual es llamado el cristiano:

LA FE CRISTIANA ESTÁ ESENCIALMENTE MARCADA POR LA CRUZ Y LA RESURRECCIÓN.

En todo caso, la respuesta más eficaz al “escándalo” de la cruz es que todo el drama de la pasión y muerte de Jesús tuvo lugar “por amor”. De tal manera ha amado Dios a los hombres que para salvarlos no evitó el dolor de aquel que para Él era más amado -su Hijo Jesús- entregándolo en cambio en “rescate” a la muerte temporal con el fin de liberarlos de la muerte eterna.

De tal manera ha amado Jesús al Padre que “obedeció hasta el punto de morir en la cruz” ante su designio de salvación; y de tal manera ha amado a los hombres que descendió al abismo de la muerte ¡y qué muerte! para asumir la condena por ellos merecida por sus pecados (Él, el Inocente) y así poder salvarlos.

De este modo, y a la luz del amor del Padre por los hombres y de Jesús por el Padre y los hombres, es posible dar una respuesta total al drama escandaloso de la muerte de Jesús en la cruz. Sin embargo, en esto reside precisamente la dificultad para los hombres: creer en el amor, cuya demostración suprema está en la locura de la cruz.

EN REALIDAD, LA LOCURA DE LA CRUZ ES LA LOCURA DEL AMOR Y SÓLO PUEDE COMPRENDERLA QUIEN COMPRENDE LO QUE ES EL AMOR.

Autor: Civiltà Cattolica nº 3582 revista italiana de la compañía de Jesús

Publicación: En Humanitas Nro.18

Extracto y sub titulos del Editor

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