EL KERYGMA UNA BUENA NOTICIA

EL KERYGMA UNA BUENA NOTICIA

 

El Documento de Aparecida, publicado por el Episcopado Latinoamericano, insiste en que el mensaje cristiano, la predicación y la catequesis deben ser kerigmáticos, es decir, portadores de un anuncio que se constituye en una buena noticia para toda la humanidad. En realidad, el objetivo del mensaje kerigmático es que descubramos el rostro auténtico de Dios, que ha sido desfigurado por una formación religiosa excesivamente doctrinal y por unas una falsa relación con Dios basada en el temor al castigo y a la condenación eterna.

Sin embargo, la realidad del amor, de la misericordia y del perdón de Dios está patente a lo largo de todo el Nuevo Testamento. Lo tenemos muy claramente expresado en la Parábola de “El Hijo Pródigo” o en la de “La Oveja Perdida” (Lc 15), en la relación de Jesús con los publicanos y pecadores, con la mujer adúltera, con la pecadora pública. San Pablo nos dice que la esencia de Dios consiste en perdonar. (Rm. 8, 33) y San Juan no sólo define a Dios como amor, sino también como anti-culpabilizador, como un Dios que nos perdona más que nosotros a nosotros mismos. (1 Jn. 4, 18) “porque aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande que nuestro propio corazón” ( 1 Jn. 3,20).

En realidad nosotros no ofendemos a Dios, o mejor dicho: Dios nunca se siente ofendido por nuestros pecados. “Solamente es ofendido porque con el pecado obramos contra nuestro propio bien”, según nos dice Santo Tomás de Aquino.

Jesús nunca habla de un Dios indiferente o lejano, interesado por su honor y su gloria. Dios no es para Jesús un “legislador,” intentando imponernos sus leyes, ni un Dios justiciero, irritado y enojado por los pecados del mundo. Para Jesús, Dios es “compasión”, tiene “entrañas de madre”. Esta es una de sus expresiones preferidas. La compasión es el modo de ser de Dios y la manera de mirarnos a todos nosotros. Dios siente hacia nosotros el parecido sentimiento de amor que una madre siente hacia el hijo de sus entrañas. En la Parábola del “Hijo Pródigo” se dice que al Padre “se le conmovieron las entrañas” cuando vio de lejos que su hijo volvía.

Había un desconcierto general en el auditorio de Jesús, sobre todo entre los fariseos, los escribas y los sacerdotes. La forma de mostrar a Dios rompe también todos nuestros esquemas. ¿Será verdad que Dios no mira nuestros méritos y que ama entrañablemente, no sólo a los buenos, sino también a los mayores pecadores?

’Sean compasivos como mi Padre del cielo es compasivo con todos Uds…’ La experiencia de la compasión de Dios para con todos nosotros orienta toda la espiritualidad de Jesús. Jesús es el testigo de la compasión y de la misericordia de Dios. Él vivió plenamente esa experiencia. El mundo tiene que saber que todos, absolutamente todos, somos hijos e hijas predilectas de Dios, sin distinción alguna.

Pero lo que escandalizaba a los fariseos, escribas y sacerdotes no era la doctrina sorprendente de Jesús, sino su conducta. Su amistad con gente vagabunda y de malvivir, con personas indeseables, con recaudadores de impuestos, con pecadores, con prostitutas…

‘Y se sentaba a comer con ellos’, nos lo repiten los evangelios. El asunto era explosivo y escandaloso pues sentarse a la mesa con alguien era señal de confianza y de amistad. ¿Cómo podía sentirse amigo de publicanos y prostitutas?. Jesús, en realidad, no excluía a nadie de su amistad. Él actúa movido por la compasión de Dios. Jesús nos ofrece a todos su amistad y su perdón aún antes de que nosotros cambiemos y nos convirtamos.

Sin embargo, Jesús no se queda en un mero sentimiento de compasión, sin el acompañamiento de un compromiso real y transformador. No se queda en el “hacer obras de misericordia” o en actitudes paternalistas hacia los necesitados. Ese sentimiento tiene que expresarse también en el comportamiento. Esa experiencia de la compasión de Dios la concreta Jesús en la parábola del Buen Samaritano que se acercó al herido, tuvo compasión de él y lo socorrió con todo lo que tenía.

Dios nunca castiga

Uno de los aspectos más importantes del mensaje kerigmático para la conciencia cristiana es el saber que Dios nunca castiga. La única relación que Dios mantiene con toda la humanidad es la de amar y perdonar.

Esto no quiere decir que Dios sea pasivo o neutral sino que respeta, siempre y en cualquier situación, la libertad personal. Dios respeta nuestra libertad, aun aquella libertad que nos puede llevar a alejarnos de Él. Sin embargo, Dios nos llama, nos invita a orientarnos hacia el camino del bien, pero nunca nos coacciona. Nos espera, como el Padre de la parábola. El hijo menor se fue de la casa, se alejó del amor de su padre y de su hogar. El padre no ha impedido a que se vaya. Ha respetado su decisión de alejarse. No obstante, espera y desea su retorno y sale, ilusionado, al encuentro de su hijo. No hay castigos, sino abrazos y perdón y, además una gran fiesta por su retorno. “Estaba perdido y lo hemos encontrado”. Hay que festejar…

Nuestras obsesiones anti-kerigmáticas

¿Cómo es posible que nuestra cultura y nuestra formación religiosa se haya basado, casi en su totalidad, en esa idea tan anti-evangélica, de un Dios justiciero, iracundo, culpabilizador y disgustado con el mundo actual.? ¿Un Dios dispuesto siempre a castigar y que se complace en sufrimientos eternos? ¿No es esto ir en contra de la esencia misma del Evangelio, en contra del Dios del amor, de la misericordia, de la compasión, en contra del Dios Padre que Jesús nos vino a revelara?

¿Cómo, se ha podido catequizar y predicar presentando una imagen de Dios en abierta contradicción con todo el mensaje evangélico? Un Dios permanentemente disgustado con nuestro mundo. Y esto dicho, cantado y pregonado, no solamente por el pueblo sencillo, sino también por sesudos teólogos.

Son inmensos los males que ha generado a la fe cristiana esa imagen tan distorsionada y tan equivocada de Dios. Lo lamentable es que los directamente responsables de la pastoral son quienes más se han expresado en este sentido, aunque reconozcamos que lo hayan hecho con la mejor buena voluntad. En realidad no hay ateos contra la verdadera imagen del Dios de Jesús; hay ateos y agnósticos y enemigos de la fe cristiana contra esa imagen falsa del Dios vengativo, justiciero y celoso de su propia gloria.

Es necesario liberar a los cristianos de esa equivocada imagen de Dios por las consecuencias tan negativas que trae para la vida religiosa y psicológica del pueblo cristiano: propaga una religiosidad del miedo, terrible miedo, al castigo de Dios, al juicio final, al infierno. Esa equivocada catequesis ha matado en muchas personas buenas la alegría del vivir y la seguridad de su propia salvación.

Es evidente que no es nada fácil para cada uno de nosotros el superar totalmente los vestigios de esa falsa catequesis, basada en el temor al castigo más que en el amor. Eso lo hemos vivido desde la infancia, sin embargo, debemos estar totalmente convencidos de que Dios nos ama y nos acepta tal y como somos, independientemente de nuestros pecados y de nuestras virtudes. Dios no condiciona su perdón, su gracia, sus favores y su pleno amor a nuestros comportamientos.

Por otro lado, esa falsa teología ha limitado o anulado el sentido de la Muerte de Jesús que nos libera de todos nuestros pecados. Igualmente, ha logrado que el gran misterio de la Resurrección de Cristo pierda su verdadero sentido de garantía de salvación para todos y de triunfo sobre el pecado y sobre la muerte. Cristo es el mediador. Él es el que expía todos nuestros pecados. Por eso, el perdón que recibimos de Dios es totalmente gratuito; no se debe a nuestros merecimientos ni a nuestros arrepentimientos.

Este es el verdadero mensaje liberador que nos llena de optimismo, de alegría y de esperanza escatológica a todos los que profesamos la fe cristiana. Por el contrario, la mentalidad pesimista y derrotista que ha predominado en la conciencia de los fieles desconoce la voluntad salvífica de Dios y aleja a los cristianos de aceptar y asumir al Jesús histórico como guía y modelo de toda nuestra vida.

La Asamblea de Aparecida quiere acabar con esa mentalidad. Es esto, sin lugar a dudas, lo que han querido denunciar y corregir nuestros Obispos en el Documento de Aparecida al indicarnos que el kerygma (esta buena noticia) tiene que ser la base primera y fundamental de la iniciación en la fe cristiana. Así lo entendían también los primeros cristianos, pues vemos que el contenido de las predicaciones de los apóstoles Pedro y Pablo es kerigmático, como nos consta por el libro “Los Hechos de los Apóstoles”.

Los cinco discursos de Pedro expresan el contenido del kerygma como síntesis del plan salvífico de Dios. Su tema central es la Muerte, la Resurrección y la Glorificación de Cristo, anunciadas por los Profetas. La proclamación de este hecho incluye un llamado la conversión para obtener el perdón de los pecados en espera de la vida definitiva por los méritos de Cristo. (Hch 3,12-26; 4,8-12; 5,29-32; 10,34-43.)

Las ” malas noticias”

Es de lamentar que predomine entre los cristianos una mentalidad totalmente contraria al mensaje kerigmático: Evangelio significa “buena noticia”, pero:

anunciar que Dios nos juzga y nos condena a causa de nuestros pecados, no es una buena noticia;

el predicar que Dios está enojado contra el mundo moderno y creer que por eso sufrimos tantos desastres naturales, no es una buena noticia;

el amenazar con las llamas eternas y con horrorosos suplicios en la otra vida, no es una buena noticia;

el pensar que con nuestros propios méritos vamos a ganar el cielo, no es una buena noticia pues conocemos nuestras humanas fragilidades;

el asegurar que sólo se salvan las personas buenas, no es una buena noticia pues todos reconocemos que estamos muy lejos de la santidad;

el afirmar que fuera de la Iglesia no hay salvación, no es una buena noticia para la humanidad.

El kerygma asume el dinamismo de los testigos que expresan lo esencial de su vivencia cristiana y lo testimonian públicamente por medio de un mensaje portador de esperanza y de salvación para todo el mundo.

Gregorio Iriarte o.m.i.

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